Rogelio Treviño, nuestro albatros PDF Imprimir E-mail
Cultura - Arte y Cultura
Jueves, 23 de Febrero de 2012 16:33

La funesta muerte de Rogelio Treviño trascendió el ámbito de los actores de nuestra inane vida cultural y tocó las fibras más amplias de la sociedad. Su muerte y las condiciones en las que sucedió se resintieron profundamente en la calle. Él era un hombre de nuestro paisaje urbano. Errante por la noche prodigó su palabra de manera pertinaz y su sonrisa. Bohemio –dirían algunos, en visión estrecha de este término–, pero bohemio en su mejor sentido: el artista, que sin abandonar su proyecto y su oficio –de los que se roen sus codos– traducido en obras, denuncia con su existencia misma y a un mismo tiempo una sociedad en la que el arte y quienes lo hacen son despreciados para ensalzar a los del poder político, mafioso, eclesial, económico, que creen comprarlo todo con sus tentáculos para darse cuenta que el alma de los artistas jamás les pertenecerá.

Por eso los poetas no surgen entre los ejecutivos y los funcionarios adocenados, sino entre los imprudentes, los ermitaños, los heréticos, los visionarios, los sediciosos y los escépticos, como lo percibieron los poetas no oficiales de la antigua Unión Soviética. “¡Acaso no es útil que de vez en cuando el poeta, el filósofo, agarren la felicidad egoísta por los pelos y le digan, mientras le hunden el hocico en la sangre y la basura: “¿Ves tus obras? ¡Pues bébetelas!”, se preguntó Baudelaire. Reconozco que se puede hacer poesía en otras circunstancias, siempre haciéndose cargo de que la línea en la que están los románticos, los malditos, los rogelios treviños, los remigios córdobas y los chatos reyes, también existen.

Rogelio no fue leal a una sociedad y un Estado vacíos porque si lo hubiera sido no habría fustigado ni se habría burlado de la miseria que vio durante muchos años. Así mismo, el que podría ser su desparpajo personal fue la denuncia simbolizante de que las cosas van mal. No paso por alto el que se pensará que esto ya es una polémica superada y que ahora los poetas pueden ser profesionales, sin necesidad de estarse flagelando como sucedió, pongamos por caso, a fines de la Bella Época europea. Lo que no puedo olvidar es que poetas de esa estirpe, como Rogelio Treviño, siguen apareciendo recurrentemente en una sociedad que los ve crecer, que los galardona, que saben de su autoabandono y simplemente espera verlos clavados en una cruz invisible. Lo que menos podemos regatearle ahora al poeta muerto es haber tomado la decisión de dirigir sus pasos por la vida y encontrar su propia muerte.

En su boca siempre vi la buena burla del poeta y la mirada escéptica. No presumo haber tenido una profunda amistad con él pero en los encuentros efímeros y en la lectura de su obra, que parcialmente publiqué en el semanario La Calle, creo adivinar que al igual que Rainer Maria Rilke imploró: “¡Oh, señor!, da a cada uno su muerte propia. Una muerte que derive de su vida, en la cual hubo amor, comprensión y desinterés”. La muerte del poeta Rogelio Treviño aconteció en al abandono total. Varias semanas su cadáver estuvo en la morgue sin que nadie lo reclamara. Antes visitó en vida los paraísos artificiales descritos magistralmente por Charles Baudelaire, hizo lo que le vino en gana, fue congruente con sus elecciones afectivas e intelectuales y está en el elenco de los legendarios poetas malditos. La última vez que platiqué con él fue en el primer aniversario de la muerte de Marisela Escobedo; no se trata de una casualidad, se acercaba a ese lugar porque ahí palpitaba la injusticia, el luto y el dolor humanos. Es
nuestro Albatros. Chihuahua no es un mar (geológicamente lo fue hace millones de años) donde puedan volar estas aves, pero de nada serviría esto para desmentir la comparación con la visión de Baudelaire y su poema congregado en Las flores del mal:

 A veces, por divertirse, los hombres de la tripulación
capturan albatros, grandes pájaros del mar,
que siguen, indolentes compañeros de viaje,
al barco que se desliza sobre abismos amargos.

Apenas los han situado en cubierta,
esos reyes del éter, torpes y avergonzados,
dejan piadosamente sus grandes alas blancas
como remos colgar de sus flancos.

¡El gran viajero alado, ahora tontón y apático!
¡Él, tan hermoso antes, ahora cómico y feo!
¡Uno irrita su pico con la pipa encendida,
y el otro, renqueando, imita al volador que anda!

El poeta es similar a ese príncipe de las nubes
que ríe de la tempestad y ríe del arquero;
exilado en la tierra entre burdos silbidos
sus alas de gigante le estorban en el suelo.

¿Rogelio encarna al albatros? Sí, en el sentido de que dígase lo que se diga por la cultura convencial, y aun con la que mercadea el estado, continúa en su batalla de censor de callar al poeta, de impedirle los medios materiales para que su libertad se despliegue sin cortapisas. Los quiere atrapados en personajes que al simple cambio de sitio en la escala social y política dejan de verse y ser considerados como lo que son: los creadores de los mejores prismas para ver la realidad y más allá de la misma. Imagino que Rogelio Treviño a la hora que terminó su vida había consagrado sus últimas energías en desvanecerse, en convertirse en un ser profundamente humano evanescente del que se pudo haber conocido su origen, su obra y no más. Una simple nube. Murió su propia muerte y el hallazgo de su cadáver no debe ser oportunidad para darle otra que por convencional no deseó. Quizá anhelaba que no se supiera dónde se había desvanecido, dónde había terminado su vida de albatros. Pero lo encontraron, lo identificaron, no
tenía la notoriedad de otros que los aparatos forenses registran por su nombre de inmediato. A contrapelo de lo que sucedió con el poeta, cuando la notoriedad es política o simplemente producto de la capacidad de hacer dinero, el gobierno se vuelca en páginas y páginas de condolencias. De Treviño el estado recuerda su “arte sublime”, y pasa por alto que junto con la sociedad logró sacarlo de su mundo, precisamente para que no se sintiera que era parte de este mundo. No lo logró.

Mucha tristeza deja la muerte del poeta. Él vivirá en sus libros, sus textos ya lo trascienden y nos deja una herencia muy valiosa en esta coyuntura: sólo a través de la cultura podremos superar la difícil circunstancia que padecemos. Hasta luego, poeta.

 

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