Estado constitucional o Estado confesional PDF Imprimir E-mail
Opinión - Jaime García Chávez
Escrito por Jaime García Chávez   
Domingo, 11 de Septiembre de 2016 09:14

Jaime García Chávez.

Ya son muchas e inocultables las vertientes por las que empieza a derrumbarse el Estado mexicano. Voy a tocar una que tiene que ver con su debilidad. Lo mismo se valen de ella los intocables que los grandes capos de la droga; los que están al frente de las instituciones y quienes las emplean sólo en su beneficio; los que tienen que hacer valer la Constitución general y evaden su responsabilidad, y quienes carentes de toda autocontención tratan de imponer a toda la sociedad sus propias convicciones, desentendiéndose del sentido profundo y progresivo de los derechos humanos y de realidades que, como el sol, no se pueden tapar con un dedo.

Hasta ahora, si continuamos por esa senda, nos puede esperar la dictadura a la vuelta de la esquina, o el empoderamiento de los fundamentalismos discriminatorios que sólo abonan a una sociedad de intolerancias y discriminaciones. Estamos en la era en que los grandes temas de la bioética no pueden soslayar el papel de la ciencia, pero tampoco la libertad de las personas. Recuerdo simplemente que Louise Brown nació de una inseminación in vitro en 1978, justamente para fundar una familia.

Para mí, la premisa mayor es salvaguardar los valores fundamentales de una democracia que se conoce como liberal-democrática; es la única que puede garantizar la convivencia en la diversidad y el respeto a la división entre vida pública y vida privada y el ejercicio tolerante de las diversas creencias religiosas y la práctica del ateísmo, que en nuestro país ya hace guarismos que se notan en las estadísticas. En el corazón de esto está el laicismo, de larga data en el país que proviene de una importante reforma del ya lejano, pero no olvidado, siglo XIX, en un escenario de un México profundamente católico que todavía no se terminaba de desprender de la Colonia española por 300 años, pero que se empeñó en crear un Estado moderno.

Recientes e imparciales investigaciones nos hablan de este proceso complejo, incluso ponen en duda la dicotomía liberales-conservadores como instrumento de análisis de aquel momento y sus consecuencias. Pero sin duda hay que reconocer que el grueso de la Iglesia católica, particularmente su curia ultramontana, todo esto les pasa de noche en su afán de soportar un fundamentalismo cristiano lesivo para todos, incluidos ellos, y profundamente revanchista y voraz. Sigue profesando el Syllabus de Pío IX de 1864, y a cada milímetro de espacio que conquistan, ven a México completo como su tierra prometida exclusiva. Quieren devorar al país y se valen del pensamiento más conservador, de los sentimientos más manipulables de los mexicanos, de la mentira y de la profunda confrontación a la Constitución General de la República. Si continúan por esa senda sin que nadie de los que están al frente del Estado con la Constitución en la mano les marque límites, muy malos tiempos vienen para la república.

Y aquí entro a un tema en el que pongo un ejemplo concreto y específico, frente al cual la Secretaría de Gobernación encabezada por Miguel Ángel Osorio Chong en el actual gobierno de Peña Nieto, se ha cruzado de manos: en su calidad de gobernante, César Duarte, acompañado por su esposa y presidenta del DIF estatal, Bertha Gómez, se “consagró al Corazón de Jesús y de la Virgen María”, el pasado 20 de abril de 2013, en el marco de la ceremonia de Consagración del Estado de Chihuahua, que se llevó a cabo en el Gimnasio Manuel Bernardo Aguirre, de la Universidad Autónoma de Chihuahua (UACh), a la cual acudieron aproximadamente 14 mil personas.

Ahí el tirano expresó: “Yo, César Duarte Jáquez por este medio me consagro a mí mismo, a mi familia, a mi servicio público en la sociedad, pido al sagrado corazón de Jesús que escuche y acepte mi consagración, que me ayude a la intercesión del inmaculado corazón de María, le entrego a Dios y a su divina voluntad todo lo que somos, todo lo que tenemos en el estado de Chihuahua. Le pido perdón a Dios por todo lo que ha sucedido en el estado de Chihuahua en el pasado, le pido que nos ayude a cambiar todo lo que no sea de él; yo César Duarte declaro mi voluntad delante de Dios, delante de los señores obispos y de mi pueblo, amén”. Luego hizo votos “porque todos tengamos una actitud positiva, de reflexión, de redención para con ello dejar atrás los tiempos que nos han lastimado, que nos han dolido, este es el nuevo tiempo de Chihuahua”. Uso y abuso de la religiosidad, y dicho sea de paso, qué ironía: el consagrado fue olvidado por el altísimo.

A la ceremonia acudieron el cantante Emmanuel, su hijo también cantante, Alexander Asha, así como los seis obispos de las diócesis de la entidad y 150 sacerdotes provenientes de todo el estado. También participaron el actor Manuel Capetillo y el empresario Patricio Slim; el alcalde de Chihuahua, Marco Adán Quezada, y su esposa, la presidenta del DIF Municipal, Lucía Chavira Acosta. Las fotos del evento hablan de ruindad y complicidades, de violación de las leyes y del fariseísmo más vil.

Frente a ese hecho se levantaron dos voces, una de un senador católico panista, la otra de un ciudadano que jamás ha ocultado su ateísmo. Hablo de Javier Corral y del que esto escribe. No lo hicieron nada más en sus discursos o en sus artículos periodísticos. No. Presentaron formal queja ante la SEGOB y ante la dependencia que atiende ahí los asuntos religiosos. Se trataron de quejas que, dicho sea de paso, jamás se concertaron, y hablo de la mía porque es la que conozco y contiene, aparte de la reivindicación del principio histórico de la separación Iglesia-Estado, la laicidad del Estado, la trascendencia de consagrar una entidad pública a la luz de una gama muy vasta de documentos pontificios que habría que escudriñar para darse cuenta cabal de lo hecho por Duarte para legitimarse y para permitir regresar a un Estado estrictamente confesional y teocrático en el que la Constitución vale menos que cero.

Pues bien, ni la queja del exsenador, hasta donde sé, ni la mía, han recibido ni el acuse de recepción, no obstante que con esa actitud se transgrede al cien por ciento la Constitución y las leyes reglamentarias en esta materia. Así se desprecia, desde las esferas oficiales, a quienes lo único que planteamos es que una alta ley constitucional tenga una vigencia realmente positiva, como dicen los abogados inflando sus labios en tono solemne. ¿De qué se trata? De un Estado que en lugar de encontrar la fortaleza en el cumplimiento de las más altas leyes del país, opta por su debilidad. Se trata de la lenidad más dañina que se le puede hacer al país desde los lugares donde están los timones de la república. No hay en todo esto, de parte de los quejosos, el más mínimo sentido antireligioso, ni cosas por el estilo.

Tuvo que ser Enrique Peña Nieto el que se viera comprometido con esto, para que medio se empiece a sopesar el volumen de este problema. Al igual que millones de mexicanos, nunca me he sentido representado por el actual presidente, lo cual nos es óbice para que comparta su propuesta de legislar al más alto nivel en materia de matrimonio igualitario. El día de la homofobia, cuando anunció su iniciativa, sobrevino el derrumbe de sus castas relaciones con la jerarquía católica, esa jerarquía que alienta organizaciones amorfas y fanáticas, que ante la debilidad pueden brincar a pretensiones mayores. Pero este divorcio con el gobierno de Peña Nieto no fue un rayo en cielo sereno, es en parte el resultado de que no se atiendan a tiempo quejas como las que he descrito anteriormente. Don José María Luis Mora, el padre del liberalismo mexicano, le abría espacios al laicismo pidiendo que mientras sesionaba el Congreso del Estado de México no se tocaran los campanarios de las iglesias, por el ruido que les generaba en sus debates y reflexiones.

Así empezó esta historia, que ahora no es tan sólo el problema de un badajo que se agita, sino de toda una falange que quiere imponerle a la sociedad sus comovisiones, sus formas de definir las propias relaciones, en demérito y exclusión de la tolerancia y el respeto, y sobre todo del derecho a la igualdad y por tanto el rechazo a la discriminación, esté donde esté. Este fanatismo nos pasa de contrabando su viejo conservadurismo, su profundo sentido reaccionario, apoyándose en una idea de la familia y nos dice, escudándose en una gramática estéril, que el matrimonio se debe reservar casi en términos de la soledad de Adán y Eva, que dicho sea de paso, cuando buscaron el ombligo en sus abdómenes no tenían precedentes de familia humana alguna y aún así se acercaron al Árbol del conocimiento del bien y el mal, y pecaron.

No nos engañemos, hay una feroz lucha fundamentalista en puerta si no se pone un hasta aquí, que ciertamente no da votos, pero sí fortalece al Estado, que es la necesidad que hoy tenemos. Quien defienda a la familia tradicional está en su derecho, pero que no discrimine ni quiera privilegios o exclusividades, porque hay otras familias que, pongamos por ejemplo, el sociólogo Anthony Giddens describe como realidades que están aquí, en este mundo, que quieren derechos, que provengan de un Estado que lo respete y les garantice derechos, y ahí están las asimétricas, las extensas, las nucleares, las reconstituidas, las binucleares, las de padres homosexuales, las de segundas nupcias, las monoparentales y las que son producto del avance de la ciencia, en este caso de la probeta, y más que vendrán. Todos los derechos para todos y todas, que no es sino una reivindicación para vivir juntos y en armonía.

No será desde el púlpito ni desde el confesionario de donde brotará el Estado que se requiere para encarar el futuro de la humanidad, y mucho menos el de México. El viejo y lúcido Giovanni Sartori lo ha dicho elocuentemente en sus obras breves, quienes están en contra de esto, están emprendiendo una carrera hacia ningún lugar. 

 

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