José Rodríguez Anchondo PDF Imprimir E-mail
Opinión - Jaime García Chávez
Escrito por Jaime García Chávez   
Sábado, 29 de Octubre de 2016 07:32

Jaime García Chávez.

La neblina de la palabra en la neblina del mundo

En los orígenes: una gran amistad con José Rodríguez Anchondo en el más puro sentido del concepto… y un gran afecto a su familia, a María del Rocío Martínez Patiño, a sus hijas Rebeca y Rocío; a sus nietas Renata y Romina, a su hermana María del Carmen, a su infaltable cuñada Paloma, y desde luego, en la diferencia fraterna, a doña Rebeca Anchondo, la madre siempre amorosa y siempre atenta.

Como en toda amistad: se cinceló en el gozo de los favores, las complicidades que nunca faltan, lealtades sin abyección, pero sobre todo en el intercambio libre de las ideas en un espacio de soledades y desiertos como esta tierra, a la que le falta un gran escritor como Balzac y un Joyce que en lugar de dublineses nos hable de chihuahuenses.

No quiero ocultarles la emoción y también el malestar por la ausencia del amigo. Pero hay nieblas a vencer para que prevalezca la palabra y la memoria.

* * *

La piedra ahí,

el corazón de la piedra ahí,

en la cárcel de donde no saldrá

Pepe fue un hombre de variados matices, imposible sintetizarlos en unos cuantos minutos. Me interesa reseñar su vida pública, porque en última instancia convergen en él las notas esenciales de un hombre político, en el foro como abogado, pero sobre todo como constructor de las instituciones que nuestra coagulada transición a la democracia trajo en materia de justicia electoral

Sin hombres como él, en las variadas regiones del país no se habría logrado lo que hoy tenemos, que no es poco. Él procuraba estar al día en esto, con gran aliento penetrando en los entresijos de la vieja disputa Vallarta-Iglesias, pero abrevando además en la lectura del constitucionalismo contemporáneo.

Se le facilitaba su dominio del inglés para procurarse un conocimiento más universal, y sobre todo no arredrarse frente a lecturas que suelen asustar a los indolentes. En esto fue mucho más allá de las visiones tradicionalistas de la formación de los abogados que marcaron la vida política del país a lo largo del siglo XX, desde luego con excepciones tan señeras como las de un Mario De la Cueva o un Eduardo García Máynez. Descreía del aserrín premascado que narra Franz Kafka en memorable carta a su padre cuando fue orillado a estudiar Derecho. En realidad, las prisiones intelectuales no lo doblegaron

* * *

La voz de la pantera

no deja dormir, salta

para agarrar la carne del sueño

Como habrán notado, mi intervención va escoltada por rótulos, no míos sino de nuestro querido Juan Gelman y su poema Gran lástima sería. Pero aquí entramos, precisamente, a la imagen de un Pepe inconforme, generoso, buscador, inquieto cazador de sueños.

Suele suceder que al nacer en una casa donde se almuerza, come y cena política, las vocaciones se decantan por la política, y nunca he tenido duda de que mi amigo hubiera sido un político de garra y con gran presencia. La vida no le allanó ese camino, pero por otras sendas lo logró.

El Derecho y su ejercicio empedraron su camino y ahí, muchas veces en privado, actuó como un gran consejero, de esos que un buen aconsejado debe tomar en cuenta, aun cuando aquel carezca de razón.

Compartiendo con Pepe estas faenas, puedo dar testimonio incluso de sus complejas lecturas, como las del filósofo Spinoza y otros clásicos de la modernidad y los contemporáneos.

Hay una anécdota ineludible: quizá pensaba que a mí, ateo contumaz, me hacía falta un santo tutelar y me obsequió el libro Sir Tomás Moro, el lord canciller de Inglaterra, de Andrés Vázquez Prada, que a su vez se lo había obsequiado el prócer priísta, Mariano Palacios Alcocer, antes, por cierto, de arribar como diplomático al Vaticano. Con relación a este encargo del queretano, siempre me pregunté: ¿qué haría yo en Roma si no sé mentir?

* * *

Pero solía saltar para agarrar la carne del sueño.

Y aquí un episodio que pocos advirtieron y que al paso del tiempo cobró consecuencias vengativas: Lo invitaron a presentar un libro que explica frases y decretos esculpidos en los muros del Congreso de la Unión. Era octubre de 2011, el escenario Chihuahua.

Así, me consultó y le sugerí tomar ideas en la obra de Barbara W. Tuchman, La marcha de la locura, cuya lectura habíamos compartido.

Estuvo a la mesa con el notable librero Miguel Ángel Porrúa, y con los políticos Mariano Palacios Alcocer, Augusto Gómez Villanueva y César Horacio Duarte Jáquez. Estos últimos, como en El brindis del bohemio, dejaron flotando en el ambiente sólo un poema de amor. La amargura vino después.

Mi amigo Pepe, siguiendo los trazos de la señora Tuchman, quiso lanzar un consejo, siempre pertinente pero sobre todo oportuno; el destinatario estaba en esa mesa.

Va de cuento:

Empezó hablando de una política contraria al propio interés, de ¿por qué quienes ocupan altos puestos actúan, tan a menudo, en contra de los dictados de la razón y del autointerés ilustrado? ¿Por qué tan a menudo parece no funcionar el proceso mental inteligente?

También refirió que la aparición de la insensatez es independiente de toda época o localidad (incluida la Nueva Vizcaya); es intemporal y universal, aunque los hábitos y las creencias de un tiempo y un lugar particulares determinen las formas que adopte. No está relacionada con ningún tipo de régimen: monarquía, oligarquía y democracia la han producido por igual. Tampoco es exclusivo de ninguna nación o clase.

Por ejemplo, la Revolución francesa, gran prototipo de gobierno populista, pronto volvió a la autocracia coronada en cuanto encontró un buen administrador. Los regímenes revolucionarios de los jacobinos y del Directorio pudieron encontrar fuerza para exterminar a sus enemigos internos y derrotar a sus enemigos del exterior, pero no pudieron contener lo suficiente a los suyos propios para mantener el orden interno, instalar una administración competente o recabar impuestos.

El nuevo orden sólo pudo ser rescatado por las campañas militares de Bonaparte, que llevó el botín de las guerras extranjeras para llenar las arcas del tesoro y, después, lo hizo mediante su competencia como ejecutivo. Como emperador. Escogió sus funcionarios sobre el principio de la “carrera abierta al talento”: siendo los talentos deseados inteligencia, energía, laboriosidad y obediencia. Ello funcionó durante un tiempo hasta que también él, víctima clásica de la hubris, se destruyó a sí mismo por extenderse demasiado.

Todo esto tuvo su colofón. Después supimos que la historia posterior a la presentación de ese libro se decantó en desprecio de la carrera abierta al talento y en favor de la hubris, esa hubris que es enfemedad de jefes de Estado y gobierno, la adicción al poder, autoconfianzas irracionales, desmesura, orgullo mal entendido, exageración de hombres con poder. Si para los griegos la hubris fue el intento de los hombres para transgredir los límites marcados por los dioses, aquí sin duda fue humillar el orden constitucional.

De aquí que el médico británico David Owen haya dicho que el síndrome de hubris suele mezclarse, en muchas ocasiones, con el narcisismo y con el trastorno bipolar y que la única cura que basta es que el enfermo pierda su poder. La hubris, ¡ah! la hubris de Chihuahua, la hubris de México.

* * *

¿La escalerita al futuro tiene

los escalones rotos?

¿El tiempo la trepará llevándome?

Esa hubris siempre rondó por el espacio de este tribunal, atropellando sueños, apuestas por el Derecho y la justicia, y truncando una voz a la que ya no le alcanzó el tiempo, por más que haya hecho de su amor por la tecnología una extensión de su vida biológica, la que fertilizó con el gusto por la artes, los buenos manteles, el buen humor salpicado, a veces, de pimienta negra, el coñac cuando fuera necesario y su infaltable tabaco. Pero como no fue hombre de vacías preguntas, otra de Gelman la hizo afirmación:

No a mí –habría dicho Pepe– sino al sabor

del fracaso de la aventura donde

nace otra aventura

* * *

Sin buscarlo, como debe ser, a mi juicio, José Rodríguez Anchondo fue un triunfador. Un héroe civil, de esos que Vargas Llosa les de la calidad de héroes discretos. Pero no hay que permitir que por la niebla de la palabra vidas tan valiosas sean preteridas, olvidadas para las nuevas generaciones.

Hay una moraleja en todo esto: la redescubierta en David contra Goliath, que nos habla de la inteligencia del primero para romper la adversidad en cualquiera de sus rostros. O para decirlo con las añosas palabras de la sabiduría bíblica, a la que no soy muy afecto, salvo cuando viene al caso, esta vez por ser un buen retrato de mi querido José Rodríguez Anchondo. Se dice en el Eclesiastés:

Vi además que bajo el sol no siempre es

de los ligeros la carrera,

ni la guerra de los fuertes,

ni aun de los sabios el pan,

ni de los prudentes la riqueza,

ni de los elocuentes el favor;

sino que el tiempo y ocasión

acontecen a todos”.

Gracias, Pepe, por volver a congregarnos. Gracias.

 

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