Seguridad en Chihuahua: ¿érase un gobierno a una nariz pegado? PDF Imprimir E-mail
Opinión - Jaime García Chávez
Escrito por Jaime García Chávez   
Miércoles, 02 de Noviembre de 2016 06:18

El país –y Chihuahua dentro de él– no están para disquisiciones filosóficas estériles. Menos si la polémica es añeja y ya superada. Hace varios siglos un pensador afirmó que ser es ser percibido, de donde se desprende que los sujetos que conocen son los que realmente dan existencia a lo que está fuera de ellos, de tal manera, por reducir el absurdo, con esta tesis, podríamos decir, que las gardenias pueden oler a una muy agradable fragancia, pero si no hay nariz que la capte, no existe. Con los muertos sería prácticamente igual: pueden apestar de manera profundamente desagradable pero, de nueva cuenta, si no hay pituitaria que registre el olor a cadaverina, tampoco existe.

La entrada tiene como finalidad subrayar la necesidad existente de contar con un conocimiento y además una concepción integral de lo que pasa en el país con la violencia, que se advierte en homicidios por ejecución en la vía pública, aparición de descuartizados, narcotráfico, trasiego de drogas, tráfico de armas, colusión de delincuentes y funcionarios, lavado de dinero, que los últimos años, sobre todo a partir del gobierno de Felipe Calderón Hinojosa, ha postrado al país en una circunstancia inédita, dolorosa, prolongada, para la que el Estado y sus gobiernos no han mostrado cumplir con su obligación de brindar seguridad y paz a la república, trastocándose ambas, particularmente en algunas regiones como el Estado de México, Michoacán, Guerrero, Chihuahua, Veracruz, Tamaulipas, entre otras.

Analistas de primer nivel, sobre todo extranjeros y algunos establecidos en nuestro país, han deplorado la inexistencia de una política de Estado al respecto, sus implicaciones en un mundo global, y todo lo que ello significa para bloquear la viabilidad de México. De tal manera que es grave el tema que aquí se aborda y se convierte en un dolor de cabeza para los gobernantes, muy proclives al reduccionismo y a la simplificación de las cosas, con tal de salir del paso.

Antes de que se inaugurara el actual gobierno de Chihuahua reseñé la obra de Andreas Schedler, En la niebla de la guerra, y recomendé tener en cuenta su vasta obra para ir definiendo actitudes de gobierno, sobre todo políticas de fondo que tiendan no tan sólo a gobernar el crimen sino a combatirlo de raíz, en el esquema de un derecho penal de orientación democrática que respete el marco constitucional, por lo que se refiere al empleo de las instituciones armadas (Ejército, Marina y Fuerza Aérea) en dicho enfrentamiento. Tesis nodal de este autor y además expuesta con rigor científico en las ciencias sociales es que el país padece una guerra civil de naturaleza económica, una variedad novedosa de “guerra especial” que se ha venido presentando durante la segunda mitad del siglo XX y lo que va del actual.

Tomando ese hilo conductor, estoy convencido de que lo que tenemos es una guerra civil y que reconocerlo puede resultar estremecedor, duro, doloroso, ensombrecedor y concepto poco prometedor en el discurso de los gobernantes tradicionales. Pero no hay duda de que más vale llamar a las cosas por su nombre que perder el tiempo buscando sinónimos cosméticos, que más tienden a adormecer la concepción ciudadana que la magnitud de los retos que tienen la sociedad y el gobierno enfrente para superarlos. Cuando el impresentable Calderón Hinojosa decretó su “guerra contra el narco”, empleó el término, ciertamente, pero en simultaneidad inauguró una política del silencio: estamos en guerra pero que nadie lo sepa, y con tales trazos hubo cantidades ingentes de muertos, atropellos a los derechos humanos y abuso policial y militar, y las cosas continuaron igual.

El diferendo con los medios es que exageraban números. Incluso se llegó a firmar un bochornoso pacto ente muchos medios de comunicación para “moderar” quizá lo que se concibe como “nota roja”; pero ahí están los saldos parciales de la etapa más aguda de la guerra calderonista. Es falaz y perniciosa, más en boca de un gobernante, estimar que en guerras de esta naturaleza no importan las bajas, si entre las mismas esencialmente se cuentan delincuentes; algunos hasta se atrevieron a pensar que no hay mejor narco que el narco muerto. El resto eran “daños colaterales”, lo que en su oportunidad me permitió hacer una pregunta apoyándome en un pensamiento despeinado de Lec: “¿Hasta cuántos muertos está permitido equivocarse?”. Muchas estadísticas de mortandad y nulos expedientes en la justicia en los tribunales.

Los gobernantes recurrieron a la teoría de la percepción: si las cosas huelen mal, que no haya nariz que las perciba, y a veces hasta se auxiliaron de buenos desodorantes y perfumes de circunstancia. Pero de la guerra civil de naturaleza económica no salimos.

En Chihuahua, en este momento de nuevo ha regresado una circunstancia que ya ha obligado hasta a medios de comunicación tradicionalmente entreguistas a presentar posiciones reclamantes de una política local eficaz, abierta, sincera, veraz y confiable. Lamentablemente, lo que hemos escuchado de fondo es que algo se está haciendo, lo que no ponemos en duda, pero por ser tan evanescente ya nadie lo tomará en cuenta en las próximas semanas. Pero hay un llamado preocupante: la reconvención a los medios para que informen sin exagerar ni magnificar, lo que es válido, pero sería estupendo que fueran las propias instituciones de seguridad del estado quienes de manera rigurosa generen la información, no a través de los tradicionales boletines de prensa y los voceros que no sirven para nada, sino con información dura, veraz y oportuna, lo que se convierte en una exigencia aún mayor cuando se ha optado por el empleo de las redes sociales para el manejo de la comunicación política.

No está de más insistir en estos puntos: la realidad de la violencia existe, dimensionarla es un gran problema que se agiganta cuando no se tiene una concepción de fondo sobre la ya larga circunstancia que padecen el país y el estado en esta materia, a mi juicio si no se habla claro de la naturaleza de la guerra que tenemos, y si las instituciones del Ministerio Público y sus policías continúan infiltradas o en franca colusión. En otras palabras, el tema no es de poseer o carecer de buenos ojos o mejores narices.

Cierto que Quevedo dijo érase un hombre a una nariz pegado, pero no estamos para adscribirnos a ningún organicismo falaz, porque si a esas vamos, aquí no estamos en presencia de un gobierno a una nariz pegado. A final de cuentas hay muchas narices que afirman que esto no huele muy bien.

 

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