Jaime Garcia Chávez: Una necesidad cambiar a menudo los políticos PDF Imprimir E-mail
Opinión - Jaime García Chávez
Lunes, 15 de Marzo de 2010 06:52

 

Un querido amigo, cuyo nombre omitiré, me envió una estupenda y breve frase que condensa gran sabiduría. Se debe al brillante escritor irlandés sir George Bernard Shaw y reza así: "Los políticos y los pañales se han de cambiar a menudo... y por los mismos motivos". Debo confesar que la frase me llegó simultáneamente a la noticia de que Héctor Murguía Lardizábal se hacía con la candidatura priísta por la alcaldía del municipio de Juárez y de consolidarse en la elección constitucional sería el primer reelecto en la época moderna de la más importante comuna del estado y con cabecera en Ciudad Juárez, que figura entre las ciudades más importantes de la República entera.

 

 

 Como se sabe, Murguía Lardizábal cuenta ya en su haber con una larga carrera en la clase política: senador, alcalde, diputado federal, aspirante fracasado a la gubernatura del estado y, para no quedar en el error que significa estar fuera del presupuesto -según sabia idea de Garizurieta-, va de nuevo por la importante presidencia. Se trata de un hombre con historia, no es el recién llegado que puede construir cualquier ilusión, por ende se le conoce y, si acaso se le reelige, será porque en Ciudad Juárez o no hay memoria, o es muy frágil o los ciudadanos de plano tienen vocación de siervos. Digamos dos cosas: tan malo fue su gobierno municipal que tras él llegó el diluvio actual y que las reelecciones como la que se propone no son tan buenas si se recuerda la experiencia de Luis Fuentes Molinar en 1983.

 

Veamos: como legislador ante las dos cámaras del Congreso de la Unión su historia no alcanza ni el tono grisáceo característico de quienes pasan por ahí sin pena ni gloria. De su tipo hay un número proverbialmente grande. En alguna ocasión narré algo que ahora repito. Murguía estaba recién electo como senador y lo encontré en el Palacio de Minería, muy cercano a la sede del Senado en la ciudad de México -el viejo palacio neoclásico de la minería-, y él buscaba en la librería "un librito sencillo sobre el Senado y sus funciones". El dependiente de la librería lo observó con asombro pues lo usual es que los compradores de libros se refieran a autores y títulos y jamás se atengan al buen o mal criterio de quien atiende la venta de los textos atrás de un mostrador. De todo esto fui testigo sin que el futuro senador se diera la más mínima cuenta, entre otras cosas, por serle desconocido. Pensé que era una verdadera tragedia que estas cosas sucedieran y me conformé considerando que al menos buscaba un texto que lo ilustrara. Si algo logró de sus lecturas es cosa que nadie sabe porque jamás se distinguió como legislador senatorial.

Después fue presidente municipal en Ciudad Juárez e hizo un gobierno unipersonal, de culto a su persona, de abuso, de corrupción sin fin. La arbitrariedad fue el sello que impuso a sus tres años de mandato, mismos que tomó como base en sus ambiciones de convertirse en gobernador, pasando por una antesala legislativa. Héctor Murguía es de los que gobierna con los ojos puestos en otra cosa: sea un puesto mejor o un jugoso negocio, porque en alguna ocasión nos lo dijo a un grupo de diputados con todas sus letras.

Todavía es una incógnita su desechamiento como candidato a la gubernatura de Chihuahua. Parece que le blandieron el sable de sus vínculos con el narcotráfico evidenciados con la prisión en cárcel norteamericana que padece el que fuera su secretario de Seguridad Pública. Tarde que temprano pasaremos de lo conjetural a lo informativo.

Empero sí llaman la atención los mecanismos mafiosos para repartirse el poder en Chihuahua. Por lo pronto César Duarte está dando muestras de profunda incapacidad para estructurar una movilidad de la clase política. Parece que su sabiduría política no es muy compleja y se basa en el toma y daca, o como decían los romanos "do ut des", "te doy para que me des" como en una compra venta. A qué poder aspira el abanderado priísta. Parece que al de un reyezuelo rodeado de poderosos barones.

Si cuando menos leyeran al Nobel Bernard Shaw, entenderían las razones para cambiar, en hábil rotación, al funcionariado. Pero no es así, de tal manera que la buena crítica me obliga a decir la clásica frase: "Al César, lo que es del César" y..... adiós porque me voy.

Marzo 13 de 2010

 

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