Carlos Fuentes: los muertos tienen mucho que contar PDF Imprimir E-mail
Cultura - Arte y Cultura
Martes, 22 de Mayo de 2012 04:34

Es un lugar común recordar que el título de la novela La región más transparente lo tomó Carlos Fuentes de Visión de Anáhuac, de Alfonso Reyes, que a su vez se apoyó en las viejas crónicas de los que al llegar al Valle de México quedaron asombrados de esa mezcla de volcanes, del propio valle, de los lagos hoy inexistentes y de una vegetación exuberante de montaña y trópico. Ahora que ha muerto Fuentes, visité la obra poética del regiomontano y encontré el sugerente texto Bajo el ombú de Adán: los muertos tienen mucho que contar. Evoco los decesos, arracimados en un corto tiempo: Víctor Hugo Rascón Banda, Carlos Montemayor, Carlos Monsiváis, Adolfo Sánchez Vázquez, Bolívar Echeverría, Miguel Ángel Granados Chapa y el notable autor de Aura, la obra perseguida por Carlos Abascal y el panismo foxiano.

En la visión alfonsina ellos habrían tirado los dados para que otros, los que sobrevivimos en este aciago México, los interpretemos. Quizá todos jugaron a la historia de lo que pudo ser y ahora están fuera del tiempo, ya nada los sujeta y para ellos el mañana ingrávido puede ser lo mismo que ayer. A todos por igual, siendo tan diferentes en la imaginación y realización de sus obras, se les puede ver bajo estos cristales, pero quizá a ninguno para el tiempo mexicano, en un largo ciclo, como a Carlos Fuentes, cuya muerte enlutó a este país y, a la hora puntual del pésame, nos demostró de bulto su presencia universal. Voces de todo el planeta lamentaron su partida, a la vez que subrayaron que sobrevive en su obra, en sus libros. ¡Es la cultura!

Cómo llegué a Fuentes

Mi acercamiento a Carlos Fuentes no fue el más afortunado. Lo encontré a temprana edad como el periodista de la revista Política a principios de la década de los sesenta, y a sugerencia de los maestros liberales y de izquierda que semana a semana se nutrían en las páginas de esta revista y también en Siempre, de José Pagés Llergo. Concluía el gobierno de Adolfo López Mateos y la inauguración del gobierno de Gustavo Díaz Ordaz. Aunque ya existían voces que con lucidez habían construido interpretaciones plausibles sobre la cultura y particularmente acerca de la Revolución Mexicana, ésta continuaba como una pesadilla en la mente de la intelectualidad de aquellos años, entre ellos Fernando Benítez, Víctor Flores Olea, Enrique González Pedrero, Francisco López Cámara, Víctor Rico Galán, Renato Leduc, Manuel Marcué Pardiñas (director de Política) y muchos más. La pregunta epocal fue si la Revolución Mexicana de 1910 estaba viva, si ya había muerto, si había que reiniciar otra; en fin, eran tiempos de duda, también de viraje en medio de la insoportable fragilidad de un mundo bipolar amenazado por el desastre nuclear.

Cuando Carlos Fuentes se suma al elenco de articulistas de Política, ya traía en su bagaje el haber publicado su gran novela La región más transparente y se le conocía por su obra seminal Los días enmascarados. Muy joven había alcanzado la cima más alta a que puede aspirar un escritor y novelista notable. Llegó a la revista y le dio todo el brillo de su presencia, pero no solo: también hizo en ella un periodismo militante, con un lenguaje fuerte y directo, sin escatimar diatribas y sin dejar de expresar no tan sólo un malestar con la cultura dominante, sino también la denuncia feroz de los crímenes políticos, como aquel que ensombreció al país con quince campesinos asesinados en Chilpancingo por órdenes del gobernador priísta Raúl Caballero Aburto. Misma suerte que corrieron Rubén Jaramillo y su familia. Leer a Fuentes en esa tinta y además saber que ya era una estrella, a muchos en el país nos marcó una senda por la izquierda. En aquellos años era muy fácil acercarse a esta publicación y difícil acceder a sus novelas. A Chihuahua llegaban a cuentagotas, con censura y sin el estímulo fecundo de los maestros universitarios.

Saluda la Revolución Cubana

Fuentes, como en su tiempo los filósofos alemanes contemporáneos de la Revolución Francesa, saludó la aurora cubana. Nos dio noticia del surgimiento de los no alineados a partir de la histórica Conferencia de Bandung, la lucha contra los restos del colonialismo y fue delegado mexicano y cronista en el Congreso Latinoamericano por la Soberanía Nacional, la Emancipación Económica y la Paz, celebrada en la Ciudad de México en 1961, presidida por el patriota Lázaro Cárdenas. Fue en ese momento que se consolidó la amistad del escritor con el expresidente michoacano. Por Fuentes conocimos la primera versión de la política internacional de Cuba en la entrevista a Raúl Roa y, marcado por los tiempos y por la inequívoca influencia de Vicente Lombardo Toledano, se hizo adicto a la interpretación de la coyuntura mexicana a través de la fácil regla de apoyar lo positivo y criticar lo negativo, “el germen de muchos oportunismos”, para avalar a los presidentes de la república. Era un mellado bisturí que no se correspondía

con el nivel intelectual de Carlos Fuentes y que además se tornaba en posiciones políticas que permitían tener un pie en los terrenos del “ogro filantrópico” y el otro apoyando a un pueblo reclamante de justicia, tierras, créditos, mejores salarios y sobre todo libertades públicas conculcadas de manera evidente en la prisión que padecían Vallejo, Campa, Siqueiros, Lumbreras, Mata y otros, por cuya libertad se pugnaba en todo el país.

Ahora que releo un viejo artículo de Fuentes –Sí: ¿cuál es el camino?– encuentro absolutamente emparentadas sus palabras con las de López Obrador: los mismos términos, la misma rabia y los mismos desafíos. Con una salvedad: Fuentes no nada más culpaba a los poderosos (los opresores, se decía entonces) sino a la sociedad mexicana que toleraba los desmanes del poder. Para el escritor el pueblo no era, no es, infalible, como lo piensa actualmente el tabasqueño.

El quiebre en Política

Después vino un quiebre en la revista Política: el grupo de Fuentes se separó a mediados de 1964. Fue una disputa singularmente importante: los rupturistas acusaron como causal a una izquierda que no sabía dialogar con los demás, ni consigo misma. Desafiaban verdades preestablecidas y las viejas fórmulas huecas de un marxismo de recetario: “la crítica, para ser efectiva, tiene que ser crítica política, no crítica moralizante”, dijeron, para pronunciarse contra las nuevas inquisiciones y adherirse al no alineamiento que los ponía al margen de cualquiera de las opciones del mundo bipolar. La respuesta de Política, sin firma de autor, acusó petulancia intelectual pequeño-burguesa en los separatistas y motivos monetarios. Los acusaron de preferir las lecturas de Deutscher, Lukács y Wright Mills frente a las de Marx, Engels y Lenin. Mostraban así que sí eran inquisidores pues la lectura de todos ellos en sí misma era un acto de libertad y búsqueda. Los argumentos de Política siguieron todos los cartabones de la ép

oca: extensas citas de textos cuasisagrados, diatriba verbal, descalificación, calumnia, petición de principios, y todo. Así era en aquellos tiempos, ese era el nivel generalizado de las ideas en boga y tengo para mí que el problema esencial es que se toreaba, además, con la ideología de una revolución, la mexicana, con características de perennidad, por una parte, y su consecuencia lógica: la colaboración con el gobierno, ya que los cambios sólo se podían hacer desde adentro, lo que se desmintió después y Fuentes fue testigo. De ninguna manera lo afirmo como colofón, por la valía que reconozco en los actores de este quiebre: Carlos Fuentes fue embajador del gobierno de Echeverría en Francia, González Pedrero prominente priísta y gobernador de Tabasco, y Flores Olea alto funcionario de la federación. En cambio, andando los años, Marcué Pardiñas, Escudero, Rico Galán, Unzueta, fueron a abarrotar las cárceles por motivos políticos.

Sin embargo

Todos estos avatares, sin embargo, no definen al gran Carlos Fuentes; sí su vasta obra novelística, sus ensayos, sus crónicas magníficas, su crítica liberal al sistema. Ahora que ha muerto, eso lo marcará a él como ya nos marcó a todos. Antes de Fuentes está claro que hubo obras memorables, imperecederas –basta recordar los aportes de Vasconcelos, Guzmán y Rulfo–, pero tocó a nuestro autor enfrentar el reto fundacional de adentrarse en el nuevo México, en el de la modernidad, con todos sus nudos y contradicciones, y la Ciudad de México se convirtió en el personaje en La región más transparente, de 1958, y salió de ese desafío como un verdadero clásico, no sólo de nuestra literatura, sino de la literatura mundial. Aunque hay destellos de poética y lírica en esta novela, no radica en eso su fortaleza, sino en la descripción genial de cómo una revolución, la de 1910, se había convertido en menos de cuatro décadas en una acabada expresión del autoritarismo y de la corrupción, de los grandes negocios al amparo del

Estado. El cachorro Miguel Alemán era el paradigma cínico del poder. El espacio seguía siendo el de la Revolución Mexicana, pero el cretinismo su mejor expresión. A esa Ciudad de México, antigua capital del imperio azteca y centro virreinal de la Nueva España a la que cantó Bernardo de Balbuena en su Grandeza mexicana, los gobiernos revolucionarios la convirtieron en un lugar donde cabían todos pero sólo se acomodaban unos cuantos, y en el ámbito donde las instituciones requieren de las personalidades para hacerse notar, como bien lo matiza Carlos Monsiváis. Era el rostro del patrimonialismo sin máscara y el reconocimiento de que no había más ruta que el capitalismo, como afirmó Federico Robles, el personaje de origen pobre y convertido en banquero de la novela.

La Ciudad de México tenía todos los encantos de una gran capital que se abría a los negocios y también era una Babilonia que lo mismo daba vida a taxistas, cinturitas, lenones, putas, políticos enchamarrados, todos danzando mambo o expresando su erotismo a través de melosos y no pocas veces ridículos boleros cantados por tríos en el centro nocturno, cuya imagen nos cinceló en la memoria el cine mexicano de aquella época. Dejamos el campo, dijimos adiós al México rural, a la ensoñación bucólica y pasamos a la vorágine de una gran ciudad que se pensaba sólo una mano dura como la de Ernesto P. Uruchurtu podía gobernar.

La magia de esta novela se pone al descubierto en la idea de que cada generación la puede leer como si su tinta aún estuviera fresca, salido ayer de la imprenta y en cualquier parte del mundo. Después Fuentes nos sorprendió con Aura, con La Muerte de Artemio Cruz, que sería como el acta de defunción de la Revolución Mexicana; Las buenas conciencias, donde ya evoca al Nietzsche filósofo de sus últimos días. Luego con Cambio de piel, Terra nostra, La cabeza de la hidra, Gringo viejo, Cristóbal Nonato, entre otras. Quiero decir que Los años con Laura Díaz me anunciaron su declive como autor, que El espejo enterrado desbarró hacia un ejercicio de erudición innecesario, pero en cambio su presencia cívica, su acendramiento en la cultura, me llenaron de optimismo y, como todos, supe de su dolor por la muerte de sus hijos. No quiero ser omiso por el desazón que me provoca que estos pensadores vivan enclavados en el altiplano y poco vean hacia el norte, hacia esta frontera ensangrentada. Ahí está La frontera de cristal, el sabor de los burritos y Tin-tán. Pero no basta. Otros vendrán.

Herencias, legados y codicilos

La hora de la muerte es el momento de la herencia y los legados, de establecer el testamento y corregirlo, si es el caso, con un codicilo. Hombre de mundo, universal, que alternó con los grandes a lo largo de toda su vida, generoso con los principiantes, siempre estuvo comprometido con una visión democrática y de izquierda. Ni el conservadurismo, y para nada el espíritu de la reacción, tuvo hospedaje en su obra. En ese marco resaltaría que para él el socialismo fue una alternativa, para el mundo y para México. Y su escepticismo liberal lo puso al margen de dogmas, metas excluyentes y totalitarismos criminales. Lo dijo enfático: “abracemos –para fundar un nuevo tiempo mexicano– la emancipación de los signos, la escala humana de las cosas, la inclusión, el sueño del otro”. Seguramente el fundador de la Revista Mexicana de Literatura, el que aprendió del maestro transterrado Pedroso los dilemas que se desprenden del antagonismo que hay entre la obediencia ciega al poder y la libertad para arbitrar la propias decisiones, supo temprano que no puede existir el socialismo sin libertades, sin democracia. Optó por Atenas, no por Esparta.

Su testamento político lo encuentro en dos textos de mediados de mayo en los que nos dice –a la vista del triunfo de François Hollande– que un socialismo en el poder concierne al conjunto de la colectividad y no sólo a la empresa o al mundo del trabajo y, asómbrese usted, reconoce que Miterrand demostró que el socialismo puede hacer lo que la derecha ni siquiera piensa en hacer. Qué grande conclusión, más cuando aterriza en el suelo y el México de hoy, para expresar su preocupación e impaciencia cuando nos recordó que mientras en la Francia contemporánea se exigió a los patrones la aprobación gubernamental antes de despedir a sus trabajadores, aquí se nos vende como reforma estructural adecuar el mundo del trabajo al destajismo feroz de las maquiladoras y su credo flexibilizador. En los últimos días lamentó que los aspirantes a presidir nuestro país ni siquiera tengan en sus agendas propuestas y debates para el porvenir de México, tanto hacia dentro como en la globalidad, dedicados como están a encontrarse de afectos unos a otros.

Dispensó a Enrique Peña Nieto de que no leyera sus obras, pero nunca de su ignorancia para pretender gobernar a este país. Y también, quizá por esto, pensó que el hombre de la izquierda para este momento era Marcelo Ebrard. Para mí es un gran gusto que los grandes pensadores de este país han estado en la izquierda, pero gran desasosiego siento que ésta no se haya decidido a asumir grandeza alguna.

Si todo pensamiento lanza unos golpes de dados, como afirmó Mallarmé, Carlos Fuentes –con los personajes de talla que hace poco partieron– tiró sus dados para que nosotros los interpretemos. Por eso estos muertos tienen mucho que contarnos. Por eso no se han ido, aunque ya no estén con nosotros.

 

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