Jaime García Chávez: Debate sí, lo perdimos todos PDF Imprimir E-mail
Opinión - Jaime García Chávez
Martes, 15 de Junio de 2010 05:51

No obstante los matices, el segundo debate entre los candidatos a la gubernatura de Chihuahua lo perdimos todos. El avance de la  deliberación, por encima de triunfadores y derrotados en un evento fallido, el debate se ve trabado, no despunta a pesar de que es el cuarto ejercicio en esta materia de 1992 a la  fecha. Los asuntos públicos esenciales brillaron solo por su ausencia y es inocultable el miedo a la libertad de discutir de cara a la sociedad lo que a esta preocupa desgarradoramente en no pocas porciones de la vida pública vinculada a lo estatal y en general a la política.

 

 

Se continúa con el oropel de la apertura de sobres lacrados, el tratar a los candidatos como muñequitas chinas para que ninguna vibración pueda afectar una fragilidad que se presume, seguramente por lo endeble de los candidatos. En fin, todos pudimos ver que la ubicación misma de los pretendientes al cargo ni siquiera permite que se vean de frente, a los ojos, como en las auténticas discusiones, sean académicas, entre novios, maritales y no se diga cuando la disputa se  supone política. Entre nosotros esto no existe y buena parte de la responsabilidad la tiene el árbitro electoral que obligado a  desarrollar la democracia, la frena cuando queda a merced de partidos y candidatos, sin entender que para estos debatir es una obligación y el derecho un privilegio de la sociedad a estar mejor informada.

Entre el primero y el segundo debate, hubo cambios de matiz. A Duarte se le percibió con un mensaje corporal menos priísta, una porción infinitesimal lo desligó en el imaginario colectivo de aquel personaje de Rius conocido como Don  Perpetuo del Rosal. En cambio  Borruel desmereció en imagen con relación al primer evento, en el que tomó un poco la mímica de Francisco Barrio, lo que le dio porte que ahora no tuvo. Orozco recogió un poco su cuello, fue auténtico porque no adoptó lo que para él es un verdadero disfraz: ponerse un traje para la ocasión. No le hizo concesión alguna a los convencionalismos sociales y a los ojos de todos perdió pericia en un asunto aparentemente insubstancial. Quiero decirles a mis lectores que escribir este párrafo me produce una especie de vergüenza ajena, y consigno el dato solo para tener un apunte que a la distancia me permita recrear en mi memoria un momento oscuro de la política chihuahuense.  

Para algunos actores solo hubo más jaleo. La inauguración de la ganadería en Chihuahua a principios del siglo XVII, los reclamos soberbios de sabiduría histórica jamás demostrada,  la inútil referencia al papel de extinto Armando Villarreal Marta y la confusión de un debate con un promocional, hecho retintín por el candidato panista. Pero, pregúntese usted si hubo argumentación a favor de propuestas, si las réplicas  fueron tales y las contrarréplicas jugaron su papel y encontrará que nada de esto sucedió. Porque los pretendientes ya llevaban sus tarjetas o declamaciones memorizadas para cada espacio que se les concedía, fuera para programa, réplica o dúplica. Fue algo grotesco, como grotesco resultó la interrupción televisiva. ¿Qué se puede pensar de un IEE que no es capaz de contratar hora y media de televisión? Lo menos: que no está cumpliendo con su tarea; lo más cae en el ámbito de lo conjetural.

Para los candidatos el debate necesario es un simple escollo a superar en un momento de la campaña, no más. Ni les preocupa y mucho menos lo convierten en acontecimiento esencial para llegar al gran auditorio. Prefieren el plástico, el obsequioso mitin, la foto previamente pactada para reproducirla en medios o la cómoda entrevista de los periodistas de pacotilla, que cubren la fuente previamente vendida, muy bien vendida en algunos casos. Cuando observamos esto pienso en dos cosas: las encuestas y el post debate.

¿Quién puede creer, razonablemente, en los resultados de las encuestas si los medios se mueven en una sola dimensión y en una sola dirección desinformativa?  Sostengo que solo los que están en los cuartos de guerra y que ven a sus estructuras actuando y saben, de antemano, que los ciudadanos están ausentes del proceso electoral. En las democracias avanzadas la mejor encuesta es cuando se da el  debate cara a cara, con información suficiente. Aquí no es así, los que sondean sentimientos y voluntades pescan en un río en el que reina la confusión, el desaliento y la dádiva clientelar. Por tanto las muestras no arrojan un pronóstico razonable y, en el caso de Chihuahua, tampoco importante en  razón de que  la lucha es entre estructuras, es decir cuál acarreará más ciudadanos a las urnas el día de la elección.

Hay quienes afirman, desde luego enterados, que la participación caerá de un 15 a un 20 por ciento del padrón, prácticamente el voto defensivo mejor conocido como voto duro. Vale decir el voto que se moviliza compulsivamente. Lo mejor es estar prevenidos para que estas encuestas, sobre todo las de marca patito, no hagan más mella en la desinformación que padecemos.

Es verdad sabida que un buen debate, nada parecido a lo que tuvimos, se gana en el post debate. En lo que se haga un día después. Aquí no hubo necesidad de accionar en este sentido ya que fue tanta la miseria que poco se pudo presumir horas después, a grado tal que la escena la ocupó un  caballo pony aquí, una negrita allá, un poco urbano político que no apaga el celular y nada más.  Olvido desplegados como el que firmó Fernando Baeza Terrazas, porque ya ni siquiera son dignos de un florilegio del engaño.

Sin el humor involuntario de Luís Adolfo Orozco que arrancó una carcajada y un espontáneo aplauso, este debate hubiera sido indigno  de una película de Juan Orol.

Insisto: todos perdimos.

 

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