La Constitución, 97 años después PDF Imprimir E-mail
Opinión - Aída María Holguín Baeza
Escrito por Aída María Holguín Baeza   
Martes, 04 de Febrero de 2014 06:45

En México, este mes de febrero es “especial”.  Se conmemoran -y celebran- los 97 años de la promulgación de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos. 

Aunque México ya contaba con una Constitución vigente (la de 1857), ésta ya no estaba acorde a la época y a lo que demandaba la sociedad mexicana de ese entonces; eso quedó claro durante la Revolución Mexicana de 1910. 

Fue a causa de la Revolución, que el presidente Venustiano Carranza convocó (en 1916) al Congreso a presentar un proyecto de reformas a la Constitución, a fin de que en ella se plasmaran las garantías de seguridad de las personas y su patrimonio, y que además se diera otro enfoque a las instituciones gubernamentales para poder consolidarlas, debido su evidente deterioro.  

Aunque la Constitución de 1857 era la base, fueron tantas sus modificaciones y adiciones, que el proyecto final se consideró una “nueva” Constitución, misma que se promulgó el 5 de febrero de 1917, entró en vigor el 1° de mayo de ese mismo año, y es la que actualmente nos rige. 

Una vez que han quedado claros los antecedentes de la Carta Magna de 1917, pasemos al asunto que en este artículo nos ocupa. 

Han pasado 97 años, y la Constitución ya no es la misma desde entonces.  Esto no está del todo mal, puesto que conforme avanzan los años, la realidad y necesidades evolucionan, por lo cual, las Leyes que nos rigen también deben adaptarse a los cambios. 

El problema no es cuando la legislación evoluciona, sino cuando involuciona; con esto, me refiero a que no es posible que se hagan tantas modificaciones a nuestra Constitución, cuando éstas no son a favor del pueblo; es decir, pensando en una verdadera justicia social. 

Hoy en día, nuestra Constitución es un ejemplar repleto de remiendos que solo han venido a beneficiar a los mismos de siempre: a aquellos que tienen el poder del Gobierno, a quienes tienen el poder económico; o peor aún, a ambos.  En cualquiera de los casos, el pueblo mexicano es el que sigue pagando las consecuencias. 

De acuerdo a datos proporcionados por la Cámara de Diputados, desde la entrada en vigor de la Constitución de 1917, al 27 de diciembre de 2013, se habían promulgado 560 reformas (573 si consideramos los artículos transitorios) constitucionales. 

Insisto en que no está mal que se reforme la Constitución porque hay que ir actualizándola conforme los tiempos y las necesidades cambian; lo que está mal, es que muchas de esas reformas sean en contra de lo que el pueblo demanda y el país necesita. 

El ejemplo más claro -y reciente- , son las reformas impulsadas por el Presidente Peña -y avaladas por la mayoría de los legisladores en el Congreso de la Unión-, que han venido a generar una serie de inquietudes, malestares y retroceso en la mayoría de los mexicanos.   

Se dice que los beneficios de estas reformas, se reflejarán en un lapso de 5 años; desafortunadamente, son las desventajas las que desde el primer día de este año afloraron.  Esto, los sabemos bien porque de lo poco que quedaba en nuestros bolsillos, ahora no queda nada. 

Si bien es cierto que aún falta por definir las Leyes secundarias que reglamentarán varias de las recientes reformas, la esperanza de que éstas sean en beneficio de los mexicanos -y no del propio Gobierno, los partidos políticos y/o los grandes empresarios-, no son muchas; esto, debido a que desde bastante tiempo, la mayoría de los legisladores han demostrado cuáles son los verdaderos intereses a los que atienden. 

Es así, como 97 años después, la Constitución se ha ido alejando de lo que en 1917 se buscaba.  Hoy por hoy, todo parece indicar que sólo se busca asegurar el cumplimiento de las obligaciones de los gobernados, olvidando garantizar los derechos sociales y el bienestar de los mexicanos. 

Concluyo en esta ocasión con lo dicho alguna vez por político argentino, Leandro Alem: “Cuando un hombre está en el poder, necesita el consejo, el apoyo, el cariño y el aliento de sus gobernados, que han de ser sus amigos, no sus vasallos; pero si ese hombre se olvida que se debe al pueblo y no respeta derechos ni constituciones, el pueblo tiene la obligación de recordarle los deberes de la altura e imponerle su soberanía.” 

Aída María Holguín Baeza Correo: Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla

 

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