Jaime García Chávez: La Disputa por la Nación PDF Imprimir E-mail
Opinión - Jaime García Chávez
Sábado, 31 de Julio de 2010 06:57

 

La crisis de México, sobra adjetivarla, es tal que en la búsqueda de alternativas para dotarlo de un futuro con porvenir para todos es una tarea enorme y especialmente compleja. Tratar de verla bajo la simple óptica  de la conquista del poder es dejar para un día después de lograda esa tarea enfrentarse a un sin fin de dificultades que pueden llevarnos a un callejón sin salida y plagado de grandes y pequeños conflictos. Decir, sin ponerle marbete, que el camino para esas transformaciones es la conquista del poder por la vía electoral es decir mucho y poco a la vez.

 

A este respecto el reto histórico sigue siendo transformar al país a favor de la democracia y la equidad de una manera pacífica y sin derramar las altas cuotas de sangre que se pagaron para lograr la independencia, consolidar la Reforma, expulsar el Imperio y hacer de la Revolución Mexicana algo más que una guerra entre hermanos seguidores de diversos caudillos.  Pero cuando me refiero a la vía pacífica no pienso en los estrechos cauces de la mezquindad que observamos en la izquierda cuando participa con el estilo hasta ahora dominante en las contiendas electorales. Decir pacífica no significa rehuir sacrificios, mucho menos carecer del carácter y la gran voluntad para romper los nudos que atan a México a la oligarquía. Esta tarea, además, ya no se puede lograr auspiciando mitos unificadores, cuya existencia tarde que temprano termina por aniquilar el proyecto democrático.

 

Evidentemente que estamos a las puertas de un ciclo largo y que debemos emprender de manera necesaria. Hace unos días en la capital de la República se dio a conocer un Proyecto Alternativo de Nación. Lo presentó el movimiento que lidera el tabasqueño Andrés Manuel López Obrador, que antes había publicado un importante libro que liga a ese proyecto con la disputa por el poder en el año  2012. Dos cosas brincan de inmediato: la primera es un mensaje inequívoco de que López Obrador es ya un pretendiente de la candidatura presidencial y, la otra, el paralelismo del libro con el que publicó Francisco I. Madero en 1908, que llevo al Plan de San Luís y al inicio de un conflicto armado que se prolongó más de una década. A don Daniel Cossío Villegas le llamó mucho la atención el porqué una revolución para lograr el sufragio efectivo se hizo apelando al pueblo en armas. Todos sabemos las razones: ciertamente había que defenestrar al viejo dictador Díaz y a los científicos del poder, pero mas allá de esta indispensable tarea se impuso la necesidad de destruir un régimen de privilegio que concentraba la riqueza en unas cuantas manos de latifundistas e intereses imperiales en demérito de la inmensa mayoría de la nación mestiza, campesina, indígena e incipientemente obrera.

 

No quiero forzar el análisis, pero al examinar la síntesis del Proyecto veo que centralmente y desde luego de manera atingente se enfoca en describir el mal gobierno que tenemos y que ha prohijado un nuevo régimen de privilegio al frente del cual se encuentran unos cuantos oligarcas y, en el otro polo, millones y millones de mexicanos que viven en la pobreza extrema o que subsisten en la precariedad del trabajo asalariado actual. Todo el acento del proyecto está aquí y si bien no desconozco que se trata de un insumo para la deliberación y los acuerdos, extraño que no se hable para nada del nuevo Estado por el que queremos luchar, cuenta habida de la pluralidad que somos y que, conforme al credo democrático asumido, no estamos en la ruta de la destrucción del adversario para imponer la nueva ruta histórica.

 

Cuando hablo del nuevo Estado me hago cargo de que se requiere uno que privilegie un nuevo entramado para la toma de las grandes decisiones que requiere este país para salir de la crisis y que vincule a todos los intereses a pesar de las lesiones que sufran estos. Deseo afirmar que lo que se buscaría es un Estado que no propicie ni la rebelión de los de arriba, ni la  compra de los armados —legítimos o no— para que asedien a quien se proponga exclusivamente conquistar la presidencia de la República sin una visión más allá. Apostarle todo a la conquista de la presidencia y al obsoleto régimen que representa entre nosotros, es confiarse demasiado a una visión personalista del poder y contribuir al resurgimiento del autoritarismo. No está demás que afirme que hay que pensar y en serio en la modalidad parlamentaria. Lamentablemente esta temática no figura en el proyecto. No lo descalifico en lo mas mínimo, incluso me dio enorme gusto ver que hay un viraje en el enfoque de las cosas, lo que habla de apertura y de rebasamiento de las simple ideas del líder tabasqueño.

 

No podría ser de otra manera si asumimos que atrás de la redacción del Proyecto están intelectuales y políticos de ganado prestigio e independencia personal, tales como entre otros que vienen a mi memoria:  Arnaldo Córdova, Enrique González Pedrero, Luis Javier Garrido, José María Pérez Gay, Julio Scherer Ibarra, Jaime Cárdenas, Luciano Concheiro, Elena Poniatowska, Laura Esquivel, Armando Bartra, Antonio Gershenson, Claudia Sheinbaum Pardo, Asa Cristina Laurell, Raquel Sosa Elízaga y el gran Bolívar Echeverría recientemente muerto, entre otros intelectuales y políticos de valía indiscutible.

 

Ofrezco poner al servicio del Proyecto mis modestas contribuciones y mi experiencia política, en particular porque pienso que el gran movimiento que arrancó hace unos cuantos días es el único existente y de una riqueza indiscutible. Empero, el programa de las grandes trasformaciones deberá ser tal que ofrezca una nueva síntesis, en todos los órdenes, para cambiar a este país en bien de la inmensa mayoría de los mexicanos. Son días marcados por límites históricos y el tiempo, que es lo único que no podemos recuperar, se acaba.

 

El Clima