Jaime García Chávez: De reliquias muertas y reliquias vivas PDF Imprimir E-mail
Opinión - Jaime García Chávez
Martes, 17 de Agosto de 2010 14:16

 

Sin caer en la superchería, hace unos meses deploré no contar, en ninguna parte del mundo, con un nuevo Voltaire, con una afilada pluma ilustrada para realizar la irónica crítica de los fanatismos religiosos y clericales que vemos día a día como auténticos y reales vestigios de cosas de un pasado que pensábamos superado… pero que está aquí entre nosotros mortificando, como un cilicio, el funcionamiento del Estado laico que sirve y mucho para fortalecer la cohesión social, sin que se vea dañada por la diversidad de creencias o ideologías palpitantes en la sociedad actual.

 

Los vestigios de que escribo  compiten en tamaño con los restos de un diplodocus, y también con su antigüedad. Son reliquias que nada tienen que ver con las que en breve tendrá en exhibición Chihuahua y en instalaciones del dominio público por indulgente favor gubernamental. Las de la Madre Teresa de Calcuta y las de Juan Bosco, que si bien es cierto fortalecen  a las reliquias vivientes, se cocinan aparte como una especie de veneración de una santidad que no cuestiono porque hay libertad para hacerlo y son inocuas en sí mismas.

 

 

¿Se acuerda usted que Voltaire contabilizó las dimensiones de las reliquias de la Santa Cruz en la que murió Cristo y las mismas daban las dimensiones de los maderos de varios bosques europeos? Si no lo sabía ya lo sabe y es explicable porque, quién siendo católico no quiere tener una astilla de la cruz donde se martirizó al nazareno y adósele que esas astillas se venden bien en rama y ya tendrá el cuadro completo de los argumentos.

 

Pero insisto, no es a esas reliquias a las que  quiero referirme. No. Pienso en las que son piezas vivientes, hablan, desafina, porfían en su poder, a veces  se pudren en dinero y llevan una disipada vida que avergonzaría a los primeros padres de la iglesia, unidos en la pobreza, comprometidos con los de abajo y combatientes del inmenso poder de los emperadores romanos.

 

Prácticamente todos los obispos del país y los cardenales por supuesto, han despotricado contra las instituciones de la república con motivo de que la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) dijo la última palabra en torno al matrimonio entre homosexuales y el derecho a la adopción que le es conexo. Los peores argumentos han salido de las bocas de estos prelados, fanáticos y rebeldes a la Constitución. Verdaderas perlas para un Voltaire. A mí me interesa subrayar dos o tres aspectos.

 

De inicio defender el carácter laico del Estado mexicano construido a partir de la gran reforma liberal mexicana del siglo XIX. Ese estado del que forma parte SCJN  ha dictado fallos para un estado diferente a la teocracia que piensan existente los mal llamados vicarios de Cristo en la tierra. Esos fallos son para una república y  no están sujetos al escrutinio modificatorio de nadie, mucho menos de quienes solo tienen en sus manos los estandartes del atraso, el fanatismo, la simulación. Quiero decir de una iglesia revanchista, que aspira a regresar a los tiempos de la Colonia cuando se persiguió a Sor Juana Inés de la Cruz por ser mujer y por pensar libremente.

 

Es una iglesia que sigue atenta de lo que pasa en la recámara, entre las sábanas, en el cuerpo propio de hombres y mujeres con derechos que trascienden al de los  jefes de una iglesia retardataria que en lugar de ver los problemas más agudos de su feligresía se  la pasan pensando en las bragas de las mujeres y buscando para ellas burkas como las que se usan en los países fundamentalistas del Islam. Algo así como una súper sotana para las mujeres que además les  cubra la cara, porque para ellos el cuerpo siempre será el extraño objeto del deseo y el pecado, que anuncia la serpiente siempre  trabajadora. Son cosas del diablo. Hasta dónde no llegaran estos fanáticos que en boca de Mendoza Pantoja  —coordinador de exorcistas  de la arquidiócesis de México— dice que los males del país son obra del diablo. Cuando uno ve estas reliquias y por simple hipótesis de trabajo les concede una micronésima parte de verdad, se pregunta: ¿Acaso Dios está de vacaciones o no quiere a México que le ha dispuesto toda esta ola de violencia y los treinta mil muertos de la guerra? Pero esto no deja, es mejor la simpleza del fanatismo para estos clérigos  desligados de la sociedad. Por eso el libro Habacuc de la biblia no es esencial para el negocio.

 

El que de plano se salió de todo protocolo de urbanidad, es el inefable Juan Sandoval Iñiguez, arzobispo de       Guadalajara, al acusar, con motivo de la resolución de la SCJN, al Jefe de Gobierno del Distrito Federal de haber “maiceado” a los ministros de la Corte. Este prelado tan atento a ver el pecado en cuerpo ajeno, no le importó difamar, calumniar, denostar. Está seguro que su atuendo medieval, tejido en oro, le da derecho a eso y más. Olvidó        Don

Juan que ahora tendrá que ir a los tribunales y de paso que ya no hay Santa Inquisición en México para quemar en la hoguera a Ebrard.

 

El tema va para rato. Por lo pronto dos  grandes batallas se han ganado. A mí me reconforta, de vez en cuando, tener razones y que se tomen en cuanta en esta república fragmentada. Quiero decir que cuando propuse los Pactos Civiles de Solidaridad sabía que tarde que temprano se establecerían y da gusto: llegaron en los ropajes del matrimonio y la adopción. ¿Alguien pensaba que la  declaratoria contra la discriminación era simple literatura? Se trata de un coscorrón al pripanismo que vive cobijado por las sotanas de los señores obispos y sus clérigos atrasados.

 

Olvídate de Don Bosco —patrón de la educación con precio, clerical y esférica— y cuídate de las reliquias vivientes. Esas sí están espinosas. 

 

El Clima