Jaime García Chávez: La nueva cultura laboral: un plato rancio PDF Imprimir E-mail
Opinión - Jaime García Chávez
Miércoles, 08 de Diciembre de 2010 05:40

Con Duarte, llegó a Chihuahua una innovación exclusivamente de fachada. Tiene que ver con el mundo del trabajo, de los asalariados, de los que malbaratan su fuerza de trabajo porque el modelo económico no permite mejor alternativa. De una parte, la novedad consiste en la creación de la Secretaría del Trabajo y Previsión Social, mero aggiornamento burocrático; de otra, la reescenificación del viejo plato de la nueva cultura laboral, una de las múltiples máscaras que ha tomado la explotación de los obreros en la era del conservadurismo neoliberal.

 

En el país se empezó a hablar de la nueva cultura laboral tras el reiterado intento de reformar la Ley Federal del Trabajo que data de los años noventa del siglo pasado. El Congreso del Trabajo y Carlos Abascal Carranza —presidente de la ultraderechista y antiobrera Coparmex— iniciaron a partir de septiembre de 1995 una ronda de conversaciones para desarrollar esa “cultura” acordando  conjuntamente con el Consejo Coordinador Empresarial una compleja agenda que tocó ética, remuneración, productividad, derechos y justicia entre otros temas. Hubo un documento —Principios de la Nueva Cultura Laboral  que se signó, sin unanimidad, por diez de las treinta y seis organizaciones adheridas al Congreso del Trabajo. En esencia, quienes preconizaron esta supuesta renovación, buscaban una mediación entre la implantación, de facto, de la flexibilidad en las empresas lesiva para los obreros y una iniciativa de centroderecha impulsada por el Partido Acción Nacional.

Para los principales analistas de la República y de la OIT ha estado claro que bajo la denominación que ahora emplea el gobierno duartista se esconde, soterradamente, toda una gama de medidas que precarizan la actividad laboral de millones de mexicanos, a los que se les quiere ver y tratar con sumo autoritarismo en el centro de trabajo, sin derechos individuales y particularmente sin los derechos a la contratación colectiva y a la libre sindicación. El blanco de la neocultura son los principios de la estabilidad en el empleo y todo lo que tiene que ver con reales mecanismos de arbitraje para lograr la equidad entre dos sujetos de la producción profundamente asimétricos y abismalmente desiguales: los trabajadores u obreros y los empresarios con mil rostros de la globalidad imperial. No es mi intención abundar en este tema, que abordé en mi extenso ensayo El PRD y una Reforma Laboral para la Transición, publicado en coautoría con la socióloga y académica Luisa Mussot.

Realmente lo que deseo es subrayar que Duarte lo que ha traído a la mesa es un plato añejo, vetusto, pero no por ello menos dañino al interés del trabajador.

Está claro que con la violencia e inseguridad se han desalentado los programas de inversión de las grandes corporaciones mundiales para Chihuahua. No digo que no estén viniendo, pues no desechan jamás el paraíso de los ínfimos salarios y otros accesorios que ofrece la región. Lo que afirmo es que simplemente se quiere fortalecer que en el estado bélico y baños de sangre que tenemos, hay una pax laboral dulcificada por el aliento de una “nueva cultura” en el ámbito del trabajo, que por lo demás no se define nunca. Tras de esta mascarada encontramos para los obreros mayores exigencias y para el sector patronal más altas ventajas. Nuestra clase empresarial —de fuera y dentro del país— mantiene la actitud de “estúpido desdén” por los pobres del que hablaron los liberales del siglo XIX mexicano. Claro que los oligarcas porfiristas de Chihuahua en esto se pintan solos.

Ya que hablamos de nueva cultura, el gobierno actual ni siquiera hace lo que realmente podría hacer: dejar de pretender engañarnos hablando de una falange de la maldad denominada la “Mafia de los Abogados”. Me queda suficientemente claro que hay una serie de vivales prohijados por los gobiernos priístas anteriores, que son simples engranajes de la corrupción en la administración de la justicia laboral. Es una corrupción con varios caminos que confluyen en un solo punto: simular justicia para beneficiarse todos menos el grueso de los trabajadores que se ven en la tesitura de demandar a sus patrones. Ganan estos y de qué manera, gana el funcionario y ganan los abogados laboristas en rangos que van desde lo decoroso profesionalmente hablando, hasta la rapiña completa. Hasta aquí hablo de conflictos individuales, porque lo colectivo se cocina aparte y en hornos muy selectos que pertenecen, también, a clubes exclusivísimos.

Que el gobierno de Duarte se deje de engañifas: a los abogados y litigantes asaltantes se los puede sacudir el día y la hora que se decida apretarles las tuercas. Lo que no hará por sus compromisos políticos es acabar con la delincuencia organizada que capitanean los capos sindicales de la CTM y otras centrales igualmente charras. No se moverá ni un milímetro el cacicazgo patronal coludido con los líderes sindicales venales que trafican con la contratación colectiva a través de muchos mecanismos entre los que se cuentan los contratos de protección y la paga a los liderzuelos para mantener un muro de contención que impide una insurgencia obrera.

Esto no lo hará jamás el gobierno de Duarte, entre otras razones porque las centrales obreras son un sector de su partido, base de sustentación política priísta al igual que la CNC es el armatoste  corporativo del gobernador.

En fin, cuando haya estado de derecho en México tendremos un auténtico poder judicial que absorba la justicia laboral como uno de sus ámbitos y se deje atrás el adefesio de las juntas de conciliación y arbitraje y su nefasto tripartismo mediante el cual se han protegido los intereses del capital y aplastado o preterido los de los trabajadores asalariados. Tiene razón el politólogo Arnaldo Córdova cuando afirmó hace unos días en un memorable artículo: “En el sistema jurídico de México, el arbitraje laboral es una auténtica farsa y no corresponde a lo que es el verdadero arbitraje judicial en el derecho procesal.”

Ese es el problema, no el muy prescindible espantajo de los atracadores con o sin título en las juntas.

Por lo pronto aquí en Chihuahua, Duarte nos da a beber un vino avinagrado, sacado de los odres muy viejos de la mal llamada “Nueva Cultura Laboral”. Ojalá y tenga tiempo de seguir abordando este tema que me gusta y apasiona.

 

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