Jaime García Chávez: Para acabar con la postración de México PDF Imprimir E-mail
Opinión - Jaime García Chávez
Domingo, 16 de Enero de 2011 10:49

“…hemos alimentado nuestra marcha democrática bastante más con la explosión intermitente del agravio insatisfecho, que con el arrebol de la fe en una idea o teoría, lo cual, por sí solo, ha hecho nuestra vida política agitada y violenta, y nuestro progreso oscilante, con avances profundos seguidos de postraciones al parecer inexplicables" Daniel Cosio Villegas. Historia Moderna de México, La República Restaurada, Pág. 51)

“No humillación ni llanto: rebeldía, Insumiso clamor. Toma la antorcha. Prende fuego al desastre.Y otra hoguera florezca, hienda el viento.Mediodía, presagio incandescente. Inminencia total de vida y muerte.José Emilio Pacheco (Tarde o temprano, Pág. 43)

Con distintas perspectivas —una del historiador acucioso y la otra del poeta que tiene mil ojos para ver la realidad— los dos textos que encabezan este análisis, no pueden llevarnos sino a una conclusión: destruido nuestro país —en ruinas como se encuentra— lo que necesitamos, impostergablemente, es a las mujeres y los hombres que lo han de reconstruir. Nunca como ahora tenemos sed de constructores.

Esto no significa un llamado a bajar el tono de nuestras voces y nuestras acciones. Confunden el camino quienes hacen de la actuada modulación la base de un argumento que generará bondad y cambio proveniente de las élites del poder económico y político, a las que hay que remover porque son la traba fundamental para que el país salga adelante de esta peligrosa encrucijada. Estas notas se proponen reflexionar sobre el viraje que marcó el crimen de Marisela Escobedo a las puertas del Palacio de Gobierno que ocupa el señor Duarte en Chihuahua.

¿Qué cambios introduce en la coyuntura política general y en la particular de la ardua y peligrosa lucha por los derechos humanos? ¿Qué percepción teníamos antes y cómo vemos la violencia ahora? De inicio hay que resaltar la necesidad de emprender una obra colectiva de reflexión con perspectiva perdurable, ir más allá de lo efímero y empezar a construir herramientas para la interpretación de la circunstancia local y global en que vivimos, quedaremos mejor dotados para transformarnos.

A mí me ha llamado la atención que chihuahua empieza a despertar de un acompasado letargo. El proverbial repudio de los chihuahuenses hacia el fraude electoral y la represión, parecían haber desaparecido y el crimen de la señora Escobedo nos vino a decir que ambos sentimientos sociales están entre nosotros en dos expresiones muy puntuales.

La primera, por la magnitud de la condena al aterrador hecho de sangre que ciega la batalla de una madre agraviada que luchó por la justicia y una mano impune la reprime creyendo acallar su voz, que luego se multiplicó por miles prácticamente en el mundo entero.

La segunda expresión es solo en apariencia imperceptible, pero allí está. La elección local de 2010 fue un engaño. En pleno plazo de gracia, los famosos 100 días, el gobierno de Duarte ve derrumbada la muy escasa confianza que la precaria legitimidad electoral le granjeó.

A partir del crimen, la administración de Duarte demostró su carencia de oficio, la inexistencia de vínculos con la sociedad para comprometerse con las mejores causas, su carácter errático, su sello unipersonal, su afán de legitimarse secundariamente con obra pública no justificada suficientemente y, sobre todo, por su afán de engañar mediante decisiones verdaderamente preocupantes por la tiranía que anuncian y de la cual son muestras la destitución de jueces, tratar al Poder Judicial como herramienta de utilería, al Congreso como una intendencia, a la Comisión de Derechos Humanos como una trompeta que convoca a la violación de derechos fundamentales y el adocenamiento de la prensa que ya recobró, con creces, el título de vendida que tuvo en los años sesenta.

Todas nuestras libertades y derechos están en riesgo. Estos hechos marcan el declive de una restauración priísta que avanza hacia tres lustros de ejercicio del poder, sin que el estado salga de su postración. La escena nacional no es distinta: el presidente de la república podría apellidarse Duarte y el gobernador de Chihuahua Calderón y todo permanecería igual.

¿Cuál es el legado que nos deja Marisela Escobedo? Muestra a la violencia como el peor camino para México. No es fácil desechar la violencia como camino para el cambio en un país que ha apelado a las armas para realizar sus transformaciones estructurales a través de su historia. Pero si no se introduce un nuevo discurso —con existencia cívica— que vertebre todas las acciones posibles, no faltarán quienes hagan la apología de la violencia revolucionaria desentendiéndose de la ausencia de ética en una propuesta de tal envergadura, más cuando en la escena vemos cómo se asesina a una mujer que con muy modestos recursos y mucha valentía expresada en paz, encuentra la muerte.

Cuando la violencia aparece, poco importa el apellido que se le ponga. Hoy no sabemos si los asesinos están adentro de la clase política gobernante o no, o son simples aunque peligrosos delincuentes. En cualquiera de los casos está presente ante nuestros ojos el Estado colapsado y abierta la posibilidad de aperturar la vía de una guerra de todos contra todos en la que unos están organizados, con armas, y la inmensa mayoría solo alcanzamos a defendernos esgrimiendo las razones de la cultura, los derechos y la justicia.

Nada hay más desigual y aterrador, porque en el fondo de lo que se trata es de terminar con la política como una forma suprema de civilizar los conflictos. Del lado del crimen, del gobierno y de su colusión, está la pretensión no nada más de monopolizar el poder, sino de apoderarse por completo de la política y eso justamente es el mayor peligro que nos asecha. No hablo de memoria, quienes así piensan ya han lanzado su reto a través de columnas políticas pagadas en los principales diarios y que compiten con holgura con las apologías que hicieron los nazifascistas durante las décadas que siguieron a la Primera Guerra Mundial.

Otro legado alentador es el reconocimiento de que hay que apostarle al tiempo de los derechos, no nada más en su escala de bandería o argumento retórico. No. Está en juego el futuro de los derechos. Hablo de los derechos exigibles al Estado, imponer que prodigarlos en beneficio de la sociedad —de los jóvenes primordialmente— no es ni una dádiva ni un acto de generosidad, como alguna vez lo sostuvo el señor Duarte. Se trata de una herencia que solo se puede consolidar si le damos a los derechos humanos el carácter de demanda básica y a condición de desarrollarlos en todo el haz de prerrogativas que contienen en favor de la persona humana.

Para tener todos trabajo, tierra, techo, alimentación, salud, educación, independencia, libertad, democracia y paz. Para todo lo cual se requiere dejar atrás el modelo neoliberal destructor de la gran nación y los inmensos sufrimientos que genera.

Entiendo que hay otras visiones, pero esta es la que nos permite vincular nuestros cambios necesarios, sumando grandes apoyos nacionales e internacionales. Los saldos negativos que sobrevinieron al crimen de la señora Escobedo los puso como es habitual el gobierno, tanto el de Duarte como el de Calderón.

En ambos casos hicieron, hacen y harán impunes los crímenes de Rubí la hija y Marisela la madre. Solo que envuelto este terror con un nuevo ingrediente: del lado del crimen, el Chapo Guzmán ofrece a ambos políticos que él sí puede esclarecer y encontrar a los delincuentes.

He ahí la muestra más palpable de la postración de un Estado que ya no resuelve a los mexicanos sus graves problemas. En esa saga de saldos nefastos, está la concentración de los poderes en Chihuahua, en una sola persona, prohibición que establece muy claramente nuestro marco constitucional. En cosa de horas posteriores al crimen de Marisela, Duarte aniquiló lo que quedaba de poder judicial destituyendo jueces, y más que eso levantándose en calidad de dictador sin balances ni contrapesos institucionales.

Jamás he defendido ni al Poder Judicial ni a la justicia que se imparte en el estado, pero tampoco comparto la cortina de humo que se levantó para sacrificar a tres jueces cuando lo correcto sería llamar a cuentas judicialmente al anterior gobernador y a su procuradora para imputarles la falta consistente en no haber aportado el material probatorio y los mecanismos para mantener la manos de la justicia sobre el asesino de Rubí. ¿No hay acaso todo un expediente previo que documentó las omisiones y que Duarte debió valorar antes de octubre de 2010? El gobierno de Duarte, como en su tiempo el de Hitler, le construye a Chihuahua artificiales enemigos sociales. Si en la Alemania totalitaria fueron los judíos, aquí son los malos jueces, las mafias de abogados, los derechohumanistas, los disidentes.

Todo esto con un afán severamente distraccionista y de represión. Ahora el gobierno de Duarte se queja del pasado y grita que el poder es para poder y no para no poder. Pero no nos dice nunca que la gubernatura se la debe al PRI, restaurado en el estado en 1998, del que él ha sido pieza clave. Que él es un retoño más del PRI, con todo lo que eso pesa contra México en su historia casi centenaria.

¿Acaso cree Duarte que ya se nos olvidó la deplorable defensa con la que sacó ileso a Patricio Martínez y al Chito Solís de la causa para juzgarlo políticamente? ¿Es tan ingenuo que piense que no nos damos cuenta de que ese pasado se reactualizó y es gobierno en Chihuahua? ¿Cree que no vemos que lo peor del PRI hoy despacha en no pocas oficinas de gobierno, donde la improvisación y la ignorancia, el pago de favores y el clientelismo se instalan para hacer su agosto en el mundo de los negocios y la corrupción?

A todos nos ha de quedar claro que Duarte está jugando para la restauración del PRI en el 2012 y que no tiene mayor prioridad que esa. Y que del resto se apiade Dios, si la policía no alcanza, como decía Galeano.

En ese marco pienso que hay importantes tareas a emprender: La defensa de la república democrática y el nuevo estado constitucional. La reivindicación ética de la política y la clausura de la violencia que ha de ser camino cerrado particularmente para la izquierda que se abre paso a favor de la democracia y a contracorriente del corrompido sistema de partidos que lastra al país.

El valor de las luchas futuras devendrá de la resistencia y la desobediencia civiles; acciones derivadas de un discurso y una praxis enérgica. Este camino no es el de los tibios. Chihuahua es eslabón débil de la república. Eso puede significar quedar en una grave disyuntiva: que aquí se instale la barbarie o que a partir de este territorio puesto en lucha la república pueda reemprender su propia reconstrucción.

Por eso es importante deliberar sobre las posibilidades de iniciar un movimiento para deponer al gobierno actual e instaurar otro comprometido realmente con el estado, el derecho y sus ciudadanos y no solo con los oligarcas del dinero y el poder tradicional.

Tareas de esta magnitud no se pueden emprender sin la unidad de los que creemos en esto y, sobretodo, sin la disponibilidad para incorporarse a una batalla difícil, ardua, con grandes sacrificios sin duda… pero triunfadora. Son muchos los agravios que dictan prender fuego al desastre.

Pero no saldremos a un futuro luminoso si no nos hacemos cargo de una tarea a resolver: constituir a los constructores de futuro. Están en lo mejor de nuestra comunidad, los llamamos a unirse en propósitos, a sumar voluntades para lograr la nueva república. Es radical el planteamiento, sí; pero necesario y también factible.

 

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