Ante la corrupción: abnegadas y dignas madres mexicanas PDF Imprimir E-mail
Opinión - Columnas
Escrito por Isaías Orozco Gómez   
Domingo, 09 de Abril de 2017 11:13

 Isaías Orozco Gómez.

Que son la inmensa mayoría de las mujeres que han procreado en esta nuestra malhadada Patria y Matria. En su honor, les dedicamos los siguientes emotivos fragmentos de uno de tantos capítulos del investigador y prolífico escritor Francisco Martín Moreno, intitulado: “Memorias de una mujer digna”, de su obra, “Los mexicanos a contraluz. Una radiografía de los mexicanos de nuestro tiempo”.

“Mi matrimonio terminó cuando pude confirmar que mi marido era un bandido, un vulgar asaltante de cuello blanco y mancuernillas de oro. Nunca supuse que él, precisamente él, fuera como una buena parte de los políticos mexicanos –sálvese el que pueda–, hombres menores y mezquinos, embusteros profesionales que buscan a toda costa el poder exaltando una vocación de servicio fundada en una supuesta mística social, cuando en realidad aprovechan buena parte de su gestión en la realización de ‘negocios’, término eufemístico acuñado en los elevados círculos sociales del país, en donde se declaran válidas las razones para cometer el delito de peculado […].

“Yo sé lo que mi marido tenía cuando se incorporó al gobierno. Supe de sus limitados sueldos como funcionario. Supe de la inexistencia de actividades empresariales concretas que le permitieran tener ingresos adicionales justificables. Supe en detalle de su capacidad de ahorro. Ahora sólo puedo suponer las cantidades de dinero negro que habrá logrado amasar para poder tener el inmenso patrimonio que hoy pretende disfrutar en su soledad o en compañía de sujetos interesados en su fortuna […].

“¿Cómo admitir que la ropa de mis hijos, sus útiles escolares, su misma casa, sus estudios en el extranjero y en general todo lo que nos rodea es producto del hurto? ¿Cómo? ¿En qué nos diferenciamos de los asaltantes de bancos o de quienes roban a una mujer en plena vía pública amenazándola con un cuchillo? ¿En el estilo? ¿En el lenguaje? ¿En la ausencia de violencia física y en la negativa a usar armas de fuego? ¿En eso? ¡No! Yo no soy como esos hampones, ¡no! No lo soy ni lo son mis hijos ni nos repartimos un botín ni nos hicimos los indiferentes cuando el jefe de la familia pretendía rodearnos de un bienestar ilegítimo y humillante. Por esas razones rompí con él, terminé de un plumazo con mi matrimonio: para que mis hijos no resultaran manchados ni los alcanzara el cinismo y la desvergüenza invitándolos a corromperse al participar de los beneficios de un enriquecimiento inexplicable y perverso. ¿Ese era un ejemplo positivo para alguien que comienza la vida? ¿Iba yo acaso a permitir que a mis hijos, nada menos que a mis hijos, los señalaran como los hijos de un ratero? Alguien tenía que dar la voz de alarma y demostrar al menos algo de dignidad. Yo la di, yo di la muestra, yo la di, yo, yo, yo… 

“Al día de hoy he sacado a mis hijos adelante gracias a mi profesión. Los he enseñado a disfrutar de lo propio, del fruto de su trabajo, del producto legítimo de su esfuerzo. Les he desaconsejado la vía de lo fácil. Les he dicho que este país descompuesto moralmente es en parte porque las mujeres de los funcionarios de todos los niveles no sólo gozan intensamente los bienes provenientes del peculado, sino acaso animan a sus maridos, si es que éstos realmente requieren de ánimos adicionales, para acrecentar a cualquier costo el patrimonio familiar con independencia de su origen. La mitad de la culpa descansa en los funcionarios venales, la otra en sus mujeres igualmente corruptas que no arrojan a la cara de sus esposos los sobres con el dinero ajeno o los estuches con alhajas  o los testimonios notariales que acreditan la adquisición de nuevas propiedades ilegítimas, invitándolos, a cambio, a defender el honor de la familia y a vivir en términos de sus capacidades y talento […] Ellas, las esposas, podrían dignificar a la familia en lugar de corromperse con sus maridos y sus hijos, les repetí a mis hijos hasta el cansancio […].

“Pero hay más, algo que no puedo dejar de confesar en estas horas postreras: quien comete el delito de peculado, quien roba a su gobierno y a su país, no sólo lleva a cabo una conducta indebida y sancionable con todo el peso de la ley; en realidad, el funcionario corrupto, y esto no han querido entenderlo, desde el momento en que roba está confesando su incapacidad para hacerse de un ahorro por la vía del trabajo, de la planeación y del talento. Tiene que robar porque de otra manera no podría tener un patrimonio. ¿No es esto una mera confesión de estupidez humana? ¡No puedo por eso robo! La vía de los hechos revela un sentimiento de inferioridad, una mutilación intelectual, en todo caso una confesión de inutilidad, de estupidez, de flojera y de cinismo.

“Mis hijos hoy trabajan mientras su padre roba. Están orgullosos de lo logrado y convencidos de la necesidad del divorcio. Han aprendido a ver a su padre con las reservas de quien visita a un enfermo contagioso. He triunfado. Hoy en día ya muchas mujeres han seguido mi ejemplo. México se purifica y resurge gracias a mujeres como nosotras: ése es el camino…”

¡Ah! Por favor, apreciable lector, al terminar de leer la presente colaboración, no vaya a pensar en Carlos Romero Deschamps, Montiel, Granier, Moreira, Marín (“góber precioso”), Vicente Fox-Martha Sahagún e hijos, Reynoso Femat, Javier Duarte de Ochoa, César Horacio Duarte Jáquez, Padrés, Borge, Rodrigo Medina… Pues ellos han amasado sus enormes capitales, gracias al sacrificado trabajo que han desarrollado en aras del progreso de sus coterráneos y de todos los mexicanos. ¡Ajá!

Lástima, llega profundamente, el enterarse de que un padre de familia, fue aprehendido y quizá durará un tiempo en la cárcel, por haberse animado y “atrevido” a robar de un súper aquí en la ciudad-capital una lata de leche y otros alimentos para llevar algo qué comer a sus hijos; al igual que el patético e impactante  caso de la joven madre (22 años de edad) de tres criaturas, que se vio obligada por su imperiosa  necesidad a sustraer, de otro Alsúper de Delicias, también tres latas de leche. Y tantos y tantos casos más aquí en el estado y en todo el país.

Mientras los corruptos, los rateros encumbrados y escudados en los partidos políticos en que militan, en el fuero,  en sus funciones públicas-gubernamentales y del sector privado, así como en   la impunidad ; continúan muy campantemente por doquier y acumulando y amasando fortunas de muy explicable y negro origen.

De ahí que resulte plausible, en aras de la JUSTICIA, para bien de todos los Chihuahuenses, el que se esté llamando a rendir cuentas a quienes formaron parte del vergonzoso sexenio de César Horacio Duarte Jáquez.

¡Nada de venganzas, nada de “chivos expiatorios”, nada de cebarse contra quienes por gran necesidad de trabajo, se vieron obligados a CALLAR! No obstante, los pillos deben saber que: “el que la hace, la paga”. 

 

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