19 de junio, fiesta de nuestra Segunda Independencia PDF Imprimir E-mail
Cultura - Arte y Cultura
Escrito por Mario Alfredo González Rojas   
Jueves, 15 de Junio de 2017 20:44

Mario Alfredo González Rojas.

Muchos vieron el juicio de Maximiliano de Augsburgo, el segundo emperador de México, con ojos muy imparciales, tanto, que querían, sobre todo quienes  analizaban el caso desde el extranjero como una simple situación política, la que no era por diversos motivos considerada para llegar al extremo de aplicar una pena mayor, pues que se le perdonara la vida, si es que ese era el veredicto para su causa. Maximiliano era un usurpador y como tal, tendría que ser juzgado. El 19 de junio de 1867, México se estremeció con la noticia del fusilamiento de Maximiliano, en hecho acaecido en las primeras horas de la mañana, en el Cerro de las Campanas, en la Ciudad de Querétaro.

Después de tres años de intervención, por fin volvía la calma a toda la república; se había doblegado la usurpación con el valor del pueblo mexicano, valor aunado a una fe indómita en los valores de patria e independencia, aunque estos términos suenen algo cursis. Pero la realidad fue esa, se luchó con más arrojo que con recursos y pericia, pero al fin, éramos libres de la bota europea. Abraham Lincoln había recordado a Europa, que América es para los americanos, en su concepción más pura y simple: lo otro, el de que no te toquen, para preservarte para mí, es el punto de vista que oscila a través de la historia en el alma perversa de los gobernantes gringos. Pero al lado de la amenaza norteamericana a Napoleón Tercero, para que se fuera y nos dejara en paz, estaba sobre todo, la pasión de los mexicanos de Benito Juárez por defender a la patria; y esto fue lo máximo, lo demás sólo fueron frases bonitas de Lincoln, ante la soberbia y la prepotencia del imperio francés.

 Víctor Hugo, fue uno de los que solicitó por medio de una carta a Juárez, que perdonara la vida al emperador, pero sólo recibió en respuesta el autor de la novela Los miserables, el razonamiento sereno y legal del Indio de Guelatao, quien con respeto y diplomacia, expresó: "yo no lo estoy juzgando, lo hacen las leyes de mi país". La ambición desmedida de Carlota, la esposa de Maximiliano había arrojado a este hacia su perdición, al presionarlo en forma desmedida para que aceptara la corona de México, que le llevaron en charola de plata varios traidores, entre ellos algunos representantes del  clero mexicano. Serían tres años de dura lucha en suelo ajeno, los que libró el austriaco, luego de que la Iglesia de México, resentida por el impacto que habían tenido para ella las Leyes de Reforma, pensó en la mejor manera de recuperar su poder económico y político que Benito Juárez, el creador del México moderno, les arrebatara en apego a una necesidad histórica. El país tenía que regirse por leyes civiles, eso era todo.

La muerte del usurpador sirvió para dejar en claro en el concierto de las naciones, que cada país es libre para escoger a sus gobernantes, así como para hacer las leyes que requiera su propio desarrollo. "Entre los individuos como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz", dijo Juárez, y quedó su frase gravada para siempre en los mexicanos. Después del 19 de junio de 1917, se vio con otros ojos a nuestro país. Don Benito había logrado nuestra segunda independencia, que es algo que muchos no alcanzan a comprender, o no quieren  hacerlo. Las Leyes de Reforma,  hicieron grande al país, pero hicieron más pequeños a los que perdieron con dichas leyes. Ya lo decía Carlos Marx, el llamado Padre del comunismo: "la historia de la humanidad es la lucha entre los contrarios", y en ese sentido, siempre habrá resentidos y victoriosos.

No pudo el clero católico recuperar los bienes perdidos en la Guerra de Reforma, con el arribo de un extranjero al poder. Pero persiste en su lucha, ahora desde otras trincheras. La lucha de los contrarios prosigue, señor Marx.

 

El Clima

Más información sobre el tiempo en Chihuahua