Carta de Jaime García Chávez a Rosario Robles Berlanga PDF Imprimir E-mail
Opinión - Jaime García Chávez
Miércoles, 06 de Abril de 2011 05:12

Querida Rosario:

Aún recuerdo los días en que compartíamos el ideal de refundar al Partido de la Revolución Democrática.  Ciertamente, nuestra historia de aspiraciones comunes no se inauguró ese día. Ambos fuimos anti-estalinistas y críticos del socialismo real -incluso intentamos articular un fallido esfuerzo común a ese respecto- pero siempre estuvimos vinculados a las luchas de la izquierda, particularmente preocupados por el bienestar de la clase trabajadora. El sindicalismo y la reivindicación de los intereses obreros es, sin duda, otro punto donde nuestros destinos se tocaron. 

 

 En aquellos momentos, yo te entregué mi confianza  y estuve seguro de que, bajo tu convencida conducción, el Partido más fuerte de la izquierda mexicana honraría su nombre: se democratizaría, y tomaría su papel en la historia encausando y acogiendo las mejores luchas de la izquierda moderna. Observando los hechos a posteriori, no estoy seguro de que mis expectativas fueran cumplidas, ni de que tu dirigencia hubiese estado a la altura de todo lo que prometía.

Tu atinada administración, tus preocupaciones sinceras, tu lucha por los derechos reproductivos de las mujeres, tu carisma y gallardía acercaron tu gestión al frente del Distrito Federal a un hecho innegablemente histórico: hubo voces, no pocas, que gestarían la idea de que te convertirías en la Primera Presidenta de la República Mexicana. 

Y sin embargo, las sombras. Los detalles posteriores son de todos conocidos y pertenecen, en parte, al terreno de tu vida privada, la cual respeto profundamente. Los públicos, los que debíamos saber, emergieron y fueron juzgados con mayor o menor justicia. Hay errores de cálculo que las personas (hombres y mujeres) de estado no pueden ni deben permitirse. Privilegios que no deben concederse y prebendas que no deben compartirse. De esta modestia y mesura está constituida la ética pública, la moral y el honor político.

Tengo para mí la convicción de que aunque las luchas políticas no deben encarnizarse  y aunque uno debe estar siempre dispuesto al entendimiento, hay principios que no se abandonan y adversarios a los que uno no se une,  justo por la ignominia de sus agravios y la persistencia de sus ofensas. Los tiempos han cambiado, sin duda, pero los villanos sólo aparentan portar trajes distintos para seguir siendo los mismos. No importa que esos trajes sean de última moda y portados con un estilo que envidiaría un modelo de revista.  

En momentos de peligro, la sensibilidad para reconocer y huir las amenazas es fundamental. En tiempos de moral precaria, los principios firmes dan certeza. La buena y justa memoria da contenido a la dignidad. Dignidad para conceder lo admisible y  para no perdonar lo imperdonable. 

El honor político sustenta y distingue. Sin duda, perder la memoria y danzar en medio de los lobos puede arrebatarnos el honor en una luna llena cualquiera. Por ti y por quienes te respetamos, ten cuidado, Rosario.

Jaime García Chávez

 

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