Un viaje especialmente inolvidable PDF Imprimir E-mail
Opinión - Aída María Holguín Baeza
Escrito por Aída María Holguín Baeza   
Martes, 19 de Diciembre de 2017 05:09

Aída María Holguín Baeza.

A lo largo de mi vida, he tenido la oportunidad de emprender innumerables viajes de diferente índole que, por diversos motivos, son inolvidables. No obstante, el más reciente de mis viajes ya es especialmente inolvidable.

Se trata de un recorrido por algunas playas de la franja costera de la Riviera Nayarit en el que, por primera vez, tuve la oportunidad de convivir fuera de las aulas con un nutrido grupo de alumnos de la Universidad Regional del Norte.

Confieso que aunque no soy fanática de las playas, las experiencias vividas en los 6 días que duró el viaje dejan en mí (y seguramente también en el resto del grupo) gratos momentos y grandes aprendizajes que -de una u otro forma- serán de gran utilidad en el corto, mediano y largo plazo.

Por obvias razones, la relación maestros-alumnos suele limitarse al espacio escolar; sin embargo, ahora me queda claro que la convivencia “extramuros” permite adquirir valiosos conocimientos que no se dan en las aulas, y que estos conocimientos también son fundamentales para mejorar el proceso de enseñanza-aprendizaje y las relaciones en el espacio escolar. Dicho de otro modo, la convivencia fuera de las aulas también brinda la oportunidad de aprender, construir nuevos conocimientos y aplicar saberes previos, pero en un ambiente “no controlado”. 

Lo inolvidable de este reciente viaje, radica en los aspectos que cubrieron las expectativas que tenía; especialmente, sobre la función que en él desempeñaría. Es decir, en lo relacionado a la gran responsabilidad que implica aceptar participar como maestra acompañante y “vigilante”. Esa enorme responsabilidad que se materializó en momentos en los que, con el fin de asegurar el bienestar de todos y cada uno de los alumnos, fue imposible evitar que la “personalidad materna” se manifestara.

Si bien es cierto que, en este caso, se trató de alumnos mayores de edad (lo cual supone una preocupación “menor”); también es cierto que los riesgos que cualquier viaje implica siempre estuvieron presentes en el pensamiento de los maestros. Tanto, que incluso (como ya se mencionó) se llega al grado de asumir un papel similar al de los padres de familia. Es por esto último que los aprendizajes que obtuve resultan particularmente inolvidables y enriquecedores.

Aunque afortunadamente no hubo incidentes mayores y todos regresamos sanos y salvos a casa, las preocupaciones que los docentes experimentamos a lo largo de 6 días (y 5 noches) no cesaron hasta el momento en que, todos y cada uno de los viajantes, pisamos nuevamente el suelo que alberga a la URN.

Al final de cuentas, el agotamiento (causado principalmente por las largas horas en carretera) valió la pena porque esta aventura (que no deja de ser parte del proceso de enseñanza-aprendizaje) se constituye en un instrumento útil para ampliar la formación académica y profesional de los alumnos, para lograr su desarrollo integral, y para fortalecer las buenas relaciones entre los miembros de la comunidad URN.

 Se trata pues, de una experiencia única que amerita un reconocimiento a los directivos de la URN por fomentar y apoyar este tipo de actividades pero, sobre todo, por la confianza depositada en el equipo de docentes que, en correspondencia, asumimos cabalmente la responsabilidad de llevar y traer “en una sola pieza” a 27 alumnos de distintas licenciaturas que ofrece la Universidad.

En esta ocasión, finalizo citando lo dicho alguna vez por el escritor estadounidense, Jack Kerouac: “Independientemente de cómo se viaje, de los atajos que se tomen, del cumplimiento o no de las expectativas, uno siempre acaba aprendiendo algo”.

Aída María Holguín Baeza

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