El curso de la vida PDF Imprimir E-mail
Opinión - Columnas
Escrito por Mauricio Islas   
Viernes, 12 de Enero de 2018 19:03

Mauricio Islas.

¿A quién pertenece el curso de la vida? ¿Puede alguien decir "este es el curso de mi vida", "este es el curso de tu vida? ¿La vida de quién transcurre ahí y por quién está siendo movida?

Sea cual sea la forma en que uno vive, así es como puede y debe vivir ya que así, tal como vive, es querido.  Tal como vive, está pensado, pensado con amor.  Tal como vive, está pensado espiritualmente y tal como vive, vive espiritualmente.

Eso significa que el Espíritu, que todo lo piensa tal como es, lo piensa a él y piensa su curso de vida tal como es.  Por eso su curso de vida no puede ser diferente, porque está pensado por este Espíritu tal como es, únicamente de esa forma.

Espiritual es, por lo tanto, todo tal como es, exactamente tal como es. Sea cual sea el curso de nuestra vida, está pensado como es, está pensado espiritualmente. ¿Puede un curso de vida ser más espiritual que otro? Ambos han sido pensados por el mismo Espíritu.

¿Podemos comparar los diferentes cursos de vida? ¿Podemos decir que uno es mejor que otro ¿Podemos decir que uno es más espiritual que otro? ¿Acaso un curso de vida puede ser más espiritual que otro, como si estuviera más íntimamente unido con el Espíritu y más pensado y querido que el otro?

Aquí los opuestos desaparecen.  Ningún curso de vida es mejor o está por encima de otro.  Ninguno es menor o inferior, ninguno es malo o está mal.

Ante este Espíritu no hay diferencias.  Lo piensa todo tal como es.  Lo mueve todo tal como se mueve.  Es el único que lo piensa todo y lo hace existir todo tal como es.  Sea lo que sea que se mueva, sigue su  movimiento y no puede moverse de otro modo diferente a como él lo mueve.

Entonces, ¿Para qué esos nobles ideas de lo que es bueno o malo, correcto o incorrecto, sanador o nocivo, aprobado o no por Dios? Al fin y al cabo todos son iguales entre sí.

¿Qué nos queda entonces por hacer? Somos como somos.  Permanecemos como somos.  Nos dejamos mover tal como somos movidos, independientemente de las consecuencias para nosotros y para otros. Nos dejamos mover sin sentirnos culpables y sin sentirnos santos o en un movimiento del Espíritu, desprendidos de nuestras imágenes de lo que es arriba y lo que es abajo.  Nos quedamos en un lugar que el Espíritu nos asigna en ese obrar.  ¿Dónde? Abajo, completamente abajo.

 

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