Jaime García Chávez: Carta abierta a Francisco Barrio PDF Imprimir E-mail
Opinión - Jaime García Chávez
Sábado, 04 de Junio de 2011 12:27

3 de junio de 2011

Francisco Barrio Terrazas

Presente.-

 

Hasta la tierra del maple, va esta carta. No hay sobre que la abrigue, ni timbres que paguen su viaje. Lo único que me recuerda ese pasado postal es la estilográfica con la que redacto, antes de pasar a la computadora, aviso inequívoco de  la velocidad y el vértigo que  acompañan a nuestro quehacer, por sencillo que sea.

 

 

Cuando no se tienen cosas mejores que decir, al menos se expresan de mejor manera en una carta, decía Emerson confiado a su buena pluma. Y, ciertamente, no son mejores: tienen que ver con la política en nuestro país, de ahí que abrirse sea compartir a todos lo que a todos afecta.

 

Este texto empezó a palpitar cuando leí otro de su autoría que circuló acá en Chihuahua y le recordará que no he perdido la costumbre de escribir cartas, hábito aprendido en la casa de mis padres. Por cierto, ya que los invoco: el año pasado cumplí 50 años de mi primer gran desencuentro con el PRI, en medio de un conflicto obrero. Hubiera deseado recordarlo al lado de mis amigos, pero el alma no invitaba y pasó como si nada ese medio siglo personal, dentro del cual resistir al autoritarismo y ausencia de libertades públicas y democracia política  encarnados en el PRI, ha sido mi constante.

 

Al igual que usted, llegué a la política por la senda sembrada de agravios, aunque nuestras rutas sean diferentes y discrepantes. Siempre he pensado que la abrazamos por una determinante de carácter ético. Nuestro caso no fue —por pequeños que seamos— el de Harry Truman, por el cual no profeso afecto. El presidente norteamericano  observó, categórico: “Mis metas en la vida siempre fueron ser un pianista de una casa de putas o ser político. Y para decir verdad, no existe gran diferencia entre las dos”. No fue nuestro dilema. Digamos, simplemente y sin afán ornamental que nos hicimos políticos y le adosamos a esa praxis una buena dosis de convicciones morales, cada quien a su modo y su propia visión filosófica. Maquiavelo o el cardenal Mazzarino se habrían carcajeado de nosotros.

 

Al igual que le sucedió a millones de mexicanos, fuimos víctimas de la política antidemocrática de un régimen que practicó por más de medio siglo el tratamiento de adversario a destruir a todo aquel que se le parara enfrente y era insustancial que lo hiciera con la Constitución en la mano. Aniquilar al otro era la divisa y así sufrimos lo que José Revueltas llamó la democracia bárbara: en la fachada, las letras de oro con la frase sufragio efectivo, en el corazón la más miserable simulación y el fraude que se extendió a todos los ámbitos del cuerpo nacional.

 

Fueron más los golpes que la reposada lectura de los clásicos de la teoría democrática, los que nos lanzaron a oponernos a la sin razón. No sé usted, pero yo no habría llegado ni a los más sencillos teclados. En cambio, he querido ser político a plenitud —tomando por carga todas mis limitaciones, personales o ajenas— en el doble sentido que Max Weber da a esta actividad: de una parte, influir en las direcciones que toman los asuntos públicos del Estado,  y, de otra, muy importante, armarse de tal fortaleza de ánimo para decir “sin embargo” ante la adversidad avasalladora y seguir adelante. Esto, usted lo sabe, se llama vocación política y la tenemos.

 

Todo esto parece  una pronunciada hipérbole, pero no es así. Hoy cuando parece que todo está perdido para México —al menos yo no veo claro el porvenir—  escuchar que un político de su talla le diga no a la candidatura senatorial, tan a su mano, habla bien en el sentido que reivindica al ciudadano, por encima del cargo ya en disputa. En su partido, muchos de los que crecieron bajo su liderazgo ya no saben hacer más política  que la que se facilita desde un cargo público en la administración, el partido, el escaño o la concesión de negocios. Ya solo actúan y piensan —cuando realmente lo hacen— si están en palacio o en una oficina detrás del escritorio y esto en un país de empleomanía, es hacerlo desde la nómina presupuestal y con sueldos nada republicanos, además.

 

En el fondo, entiendo sus palabras como una condena a la aberrante partidocracia con que se ha querido sustituir al régimen presidencialista. Si queremos salir de esta encrucijada, hay que sepultar al menos dos cosas: el actual sistema de partidos que divorcia a los ciudadanos de la empresa política participativa, sustituyéndolo por otro que sea el centro del sistema representativo y democrático; y, también a la tentación de hacer política de adversarios bajo la divisa de aniquilar al contrario y sustituir este adefesio, propio del totalitarismo, por una genuina democracia que le dé certidumbre al futuro del país, que ponga manos a la obra para  la construcción de consensos indispensables. Por eso, es correcto y pertinente  predicar con el ejemplo y regresar a la trinchera donde se oye palpitar el corazón de los mexicanos, que los muros del poder ensordecen.

 

Entonces, y solo entonces, aunque haya triunfos y derrotas electorales en las formaciones partidarias, habrá el ánimo indispensable para la reconciliación, el respeto, y los vínculos que hermanan. Llegarán en alas de las auténticas mediaciones vinculantes de la  política entendida con densidad espiritual que permite la coexistencia de los opuestos. Hoy nadie cree en nadie. Siempre se detecta el interés oculto  del político y  la doblez de sus actos.

 

Quizá para los de la clase política decadente eso es la historia interesante y por eso, montados en el vacío, hagan de nuestro pueblo una entidad indiscreta, celosa, protestona, y proclive a la disputa, como dijo E.M. Cioran —el pesimista espléndido— del pueblo francés. Lo digo de otra manera: estamos como en las postrimerías de la república de Weimar y a merced de que el país caiga en una rijosidad o pugnacidad sin límites que nos lleve al colapso como nación. Sería el peor naufragio de una transición democrática en la que participamos con denuedo.

 

Sí hay donde hacer política. Miente quien solo vea el espacio del partido y, por ende, el predominio en el poder a secas. Los proyectos actuales que solo se sustentan en la búsqueda o preservación del poder, son el mejor camino para la destrucción de nuestro querido país. Más cuando se desea el poder sin responder y comprometerse en el para qué.

 

Tenemos que hacer de la casa común la causa eficiente del nuevo Estado democrático y además bregar a fondo contra la pobreza. Es cierto lo que escribió Rolando Cordera:

 

“La equidad social no es un fruto obligado de la democracia; sin embargo, la democracia sí es necesaria como un sistema político que permite una lucha plural que pueda desembocar en consensos, acuerdos y plataformas institucionales comprometidas con la búsqueda de la equidad”.

 

Si esto no se asimila y asume ya, la violencia generalizada estallará por más prudencia que destilen las conciencias ilustradas. La pobreza es más que sofocante, y lo dicho por  Ernesto Cordero, el secretario de Hacienda, suena a burla, a escarnio y habla del profundo divorcio del actual gobierno federal, ya no digamos de los problemas nacionales y los intereses de las grandes mayorías, sino del conocimiento mismo de ellos.

 

En el fondo, hablo de una democracia política que permita decir un día después de las elecciones: hemos perdido y la culpa es nuestra y solo debemos tomárnosla con nosotros mismos por haber dicho imbecilidades, siguiendo en esto una línea de argumentación del eminente Cornelius Castoriadis. Claro que para llegar aquí hay que sudar y mutar de cultura política sobre todo, dejando atrás el “haiga sido como haiga  sido” que avergonzó a Gómez Morín en su propia tumba y  frase que bien se la pudo haber dicho a usted Fernando Baeza en 1986 y no tan solo aplicársela ubicado en la razón de Estado argumentada a favor del fraude mal llamado patriótico.

 

Pero no solo, también esa democracia ha de servir para someter a consulta vinculante nuevos proyectos para la nación, en un aspecto medular: el cambio del modelo económico. Si nos quedamos en la pura consulta  electoral de cada tres o seis años,  a lo sumo solo estaremos cambiando de jefes, tutores, tiranos, funcionarios cínicos, a falta de mejor concepto.

 

En los partidos, indispensables ciertamente, no hay nada. Como usted sabe hasta sopesaron (¿sopesan?) la posibilidad de suspender elecciones, como se divulgó para el caso de Michoacán.

En el PRI la afirmación me parece obvia desde hace mucho, pero el “no hay nada” es la tragedia reaccionaria con olor a restauración. En el resto de los partidos —el suyo, el mío— hubo grandes pasiones sustentadas en ideales de renovación, pero se agotaron y solo sobrevivieron en el lenguaje decorativo, porque hace mucho tiempo murieron en el corazón de sus preconizadores, parafraseando a mí siempre querido Alexis de Tocqueville.

 

Por último y para poner fin a esta carta que ya se extendió ¿no le parece que la larga búsqueda de la democracia en México semeja una tarea de Sísifo, del mito de los griegos; o la mula de noria del ranchero mexicano?, ¿no será una tarea largamente emprendida, que llega  a  cimas para caer de nuevo, o tránsito circular perpetuo hacia ninguna parte?

 

La democracia y el Estado constitucional humanista que requerimos es posible. Lograble. A ellos llegaremos solo cuando dejemos la mezquindad, el cretinismo, la simulación, el cinismo que nos ahoga a todos, hasta a sus beneficiarios. Para los desbancados, mi deseo de que encuentren algún piano para paliar sus penas. Por eso es importante que los políticos  expresen —sin cortapisas— sus ambiciones, más como en su caso que no están casados con la actitud pertinaz de los logreros  que se conforman con la curul de hoy, aunque el país se derrumbe sobre sus cabezas, como pasa hoy a consecuencia de la inicua guerra y violencia que nos lacera como nunca. 

 

Soy de los que desea que en el futuro se nos recuerde como algo más —mucho más— que simples aprendices de brujo que supimos cómo destruir, pero no cómo edificar alternativas de gran aliento para sustituir al añoso y corrupto régimen priista.

 

No está demás recordar que hay que porfiar en la congruencia con los ideales, lo mismo en la izquierda que en la derecha, aunque hay quienes piensan que esta no los tiene. Que aquella deje el doble discurso de la democracia de los dientes para afuera y, al alimón, practica la política de adversarios en lo más íntimo de su propia conciencia. Devorar al otro es hambre insaciable, como lo demuestra la historia de los totalitarismos del siglo XX.

 

El país necesita una izquierda con compromiso republicano, laica aunque eso signifique desventaja en un México predominantemente católico y con una jerarquía clerical que vive en la molicie —de espalda al evangelio— y en el afán fundamentalista de la revancha. Causan estupor las declaraciones de Carlos Aguiar Retes, presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano encomiando a Calderón por su guerra y justificando la sangre derramada. Me recuerda aquel pontífice que bendijo las armas del fascismo, o al cardenal Spellman que dio agua bendita a las tropas norteamericanas que iban a Vietnam.

 

Y, al mismo tiempo, sería bueno para México la existencia de una derecha secularizada que impida que regresemos al siglo XIX, donde retumbaban los cuartelazos al grito de religión y fueros y en el cual el militarismo constituía  las vértebras principales de la columna del poder patrimonialista, cuando salimos de la Colonia. Esa derecha secularizada debería romper con el corporativismo que aniquila al ciudadano y mantiene a la educación en un atraso proverbial, solo por beneficiarse del aparato de control de la cacique Elba Esther Gordillo.

 

Es plausible que descarte crear una organización, mas si usted se levantara con el liderazgo de la misma. Pretende ver lo que hay y comprometerse desde ahí, estupendo. Qué bueno fuera que se sumara al lado del pueblo que lo vio crecer, para ponerle un alto a la violencia demencial que nos azota, que tiene a su querida Ciudad Juárez sangrando como nunca.

 

No creo que sea la única causa, pero sí la prioritaria porque de su superación depende la viabilidad misma de nuestro país.    

 

Les envió un afectuoso saludo a todos ustedes, a su esposa  Hortensia, a sus adorados retoños y a sus colaboradores en la embajada. Que estén bien, son mis mejores deseos.    

 

Su amigo

Jaime García Chávez

 

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