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Opinión - Luis Javier Valero
Escrito por Luis Javier Valero Flores   
Jueves, 02 de Mayo de 2019 06:52

Luis Javier Valero Flores.

 

Ya desde varios años atrás, la celebración del Día Internacional de los Trabajadores (que la burocracia sindical y los regímenes del pasado denominaron Día del Trabajo, acordes a las corrientes adversas a las de corte socialista) había sido transformada, casi por completo, al influjo de la fuerza de las diversas corrientes de la insurgencia sindical en el país.

 

Pero tal fenómeno, que ahora ha logrado su máxima expresión en la Ciudad de México y en varias entidades más, sobre todo del centro y sur del país, no se aprecia de la misma manera en el norte de México.

Chihuahua no es la excepción, al contrario.

 

En la hora presente, aparentemente, pareciéramos presenciar un capítulo más en el afán de sepultar el viejo régimen corporativista que encontró en la vieja y luenga burocracia sindical uno de sus mejores soportes.

 

Cuando el entonces presidente Enrique Peña Nieto argumentaba, para aprobar su reforma educativa, que el “Estado necesitaba recuperar la rectoría de la educación”, mentía descaradamente.

 

Bien que sabía del papel del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación (SNTE), éste no era un ente ajeno a aquel Estado, era uno de los ejes del mismo.

 

Elba Esther Gordillo creyó que su fuerza era propia y Peña Nieto se lo recordó enviándola a prisión, al igual que Salinas hizo con Joaquín Hernández Galicia (La Quina) años atrás.

 

El SNTE de entonces era parte de aquel Estado y a sus dirigentes se les concedían los privilegios que les correspondían, al igual que al resto de las dirigencias sindicales del corporativismo mexicano, el que ya había visto pasar sus mejores tiempos, aquellos en los que los presidentes le “concedían” el honor a su sempiterno dirigente, Fidel Velázquez, de “destapar” al candidato presidencial del PRI.

Eso pertenece al pasado.

 

Ahora, el presidente López Obrador no “presidió” desfile alguno y sí la promulgación de la nuevo Ley Federal del Trabajo, en tanto que la Ciudad de México fue el escenario de por lo menos 12 desfiles de trabajadores.

 

Leal a su historia, la CTM efectuó un mitin en el Zócalo. Al momento de su discurso, el dirigente, Carlos Aceves del Olmo, recibió una sonora rechifla de los ferrocarrileros. Levantándose de la silla de ruedas en que lo llevaron al acto, reaccionó como lo hacían ese tipo de dirigentes: “Eso sí no se los agradezco, a quien está silbando, póngase aquí y aunque esté yo malo de las piernas me parto la madre con el que sea”.

 

Así resolvían los asuntos de la democracia sindical en el país.

Y mientras López Obrador, ni siquiera intentó presidir evento alguno, el gobernador Javier Corral, sin brújula alguna en esta materia, incapaz de, siquiera, poner distancia de la cúpula sindical de la CTM local, celebró al lado de ésta los actos del 1o. de Mayo, en compañía del líder Doroteo Zapata, pero también en compañía del dirigente del PRI, Omar Bazán, en lo que fue una reafirmación de lo que era el pasado y que ahora se obstinan en mantener: El hecho de que los afiliados a la CTM, se convierten en priistas pues esta es una organización que pertenece al partido del viejo régimen.

 

¿Cómo puede convalidar un gobernante, de estos tiempos, semejante agresión a los derechos de los trabajadores?

 

De ahí el aserto inicial, el de la estrujante realidad del norte mexicano, convertido, aún, en reducto de las viejas prácticas del sindicalismo del régimen del siglo XX, que se niega a morir y al que inesperados e incongruentes gobernantes, como el de Chihuahua, le dan vida artificial.

 

Y no solo nos referimos al desfile del 1o. de Mayo, ahí está el problema del transporte, al que el gobierno de Chihuahua dejará igual, o peor, que como lo recibió de César Duarte: En manos del viejo pulpo camionero de siempre… afiliado a la CTM.

 

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