Jaime García Chávez: Sicilia, ¿una popularidad de 15 minutos? PDF Imprimir E-mail
Opinión - Jaime García Chávez
Sábado, 25 de Junio de 2011 07:02

El movimiento social encabezado por Javier Sicilia es el primero, en importancia, posterior a la muerte de Carlos Monsiváis. Muchos la verán difícil para expresar una opinión escrupulosamente liberal como la que habría generado el extinto cronista. Y cuando digo liberal me refiero a la buena crítica azaeteada contra la confusión entre política y religión, entre un movimiento de las víctimas al que es difícil ingresar si no se cuenta con una credencial de sangre y, a la vez, de todos porque la vida de la República va de por medio y al final del día seamos víctimas indistintos de una guerra que no queremos y mucho menos pedimos.

 

Evocar a Monsiváis no es gratuito, pues hasta sus críticos escribieron el mayor elogio en su favor cuando le reconocieron como padre venerable de una nueva cultura en la que el reconocimiento de los otros y sus derechos fue pieza primordial. Esos mismos críticos le reprocharon el que en ocasiones se convirtiera en el juez instantáneo que dictó sentencias a favor de una popularidad de quince minutos. Es cierto que una bendición de ese tamaño podía encumbrar a una personalidad, pero más allá de que esto es un riesgo del periodismo, la realidad es que cuando se sedimentaron las cosas fueron muchos más los ameritados que los que ocuparon un estrellato momentáneo.

 

¿Monsiváis hubiera percibido en Sicilia un héroe efímero? Es imposible saberlo, quizá habría reconocido su carácter de víctima y lo hubiera cubierto con su manto y le habría reconocido más razones que las que porta. Monsiváis habría tomado distancia de Sicilia en favor del laicismo como cultura cívica para fortalecer la democracia, de eso estoy seguro.

 

Empero, el encuentro de Sicilia con Calderón tiene claroscuros. Como hecho histórico no se discute, es una primera oportunidad en la que el poder discute de cara a la nación con interlocutores olvidados o relegados examinando temas que dividen y se hizo sin mayores rispideces. El hecho reconoce y da constancia de visiones diferentes y contrapuestas y esto no es ordinario en un país que ha padecido un presidencialismo sordo y cerrado, una verdadera cripta inexpugnable para sus reclamantes.

 

Las opiniones que han llegado hasta mí, tanto periodísticas como de líderes involucrados en la Caravana del Consuelo, están divididas. Hasta ahora el corazón está partido a la mitad, aunque las razones todavía no se presenten con la temperancia y moderación que el tiempo brinda. Me interesa, en esta entrega, tocar un manojo de ideas que deseo sirvan a un debate con altura de miras. Empiezo con el tema de liderazgo, no porque sea el fundamental sino porque produce el mayor número de resquemores, algunos originados en la envidia. En lo personal, soy un descreído de los liderazgos unipersonales y a los de reciente factura procuro verlos en el desenvolvimiento de su acción en el transcurso del tiempo. El de Sicila emergió como un rayo en cielo encapotado, sin más antecedentes que su presencia intelectual, su perfil religioso y el aberrante crimen de su hijo. A su grito de “Estamos hasta la madre” que estremeció al país porque sintetizó la coyuntura, se adosó la caracterización de que no era político, lo que es verdad si vemos esta actividad como praxis profesional.

 

Con esto quiero decir que tampoco es ajeno y, mucho menos, carente de un sentido de lo político en torno al movimiento que despertó, que no se entiende sin un enfrentamiento radical a una política militarista para el combate de los cárteles y el crimen organizado y cuyo fuego ha alcanzado a muchos inocentes. Hoy todo mundo puede hacer una ecuación muy fácil cuyas piezas son la denuncia histórica de Sicilia, los cuarenta mil muertos de la guerra y la ineficiente burocracia encabezada por Felipe Calderón y los gobernadores locales. Y eso es política hasta para el más ignorante. Con estas premisas, pienso que el liderazgo de Sicilia, tanto el que se le reconoce espontáneamente como el que quiere personificar, tuvo un tropiezo al tratar a la bartola, con descuido, a muchos de sus seguidores o sus pares si atendemos al movimiento de víctimas en busca de consuelo.

 

Se ha hablado de resistencia, de desobediencia civil, de pacifismo, de tácticas no violentas y tengo para mí que las más de las veces tras estas palabras no hay contenidos precisos, hay muchas incomprensiones y por tanto compromisos muy nebulosos y por ello generadores de gran confusión a la hora de ejecutarlos. Agréguele a esto la existencia de un izquierdismo infantil, actitudes ultras, fundamentalismos católicos, traslape del movimiento con otros liderazgos y ya se tiene una mezcla más que explosiva. Pero esto no es cosa nueva, en los movimientos fundamentales de México, de la Independencia hasta este día, ha sucedido lo mismo. Lo extraño es que no se recoja la experiencia y se corra a sabiendas el riesgo de que se desvanezcan los propósitos entre las manos, igual que se dispersa un puño de fina arena.

 

Sicilia debió llegar al alcázar del Castillo de Chapultepec, en mi concepto, en otro momento, pero hay algo que no admite discusión: debió llegar con el consenso de las piezas fundamentales del movimiento que le precede. Como a Gandhi se le ha traído y llevado en estas últimas semanas, conviene tomarlo de referencia; siempre he visto en su personalidad varios méritos aquí olvidados: su renuncia a la seducción por el poder y las masas, la oportunidad con la que se acercó al Imperio inglés y las pocas veces que lo hizo y siempre respaldado por la faena anterior de su pueblo independentista. El liderazgo de Sicilia requería de un proceso de acumulación de fuerzas, materiales y espirituales, no tan sólo para llegar con equilibrios frente a una fuerza inconmensurablemente mayor como la del actual Poder Ejecutivo Federal, sino con la garantía de que ese movimiento podría restaurar el establecimiento del Estado Constitucional de Derecho al ponerle fin a una guerra.

 

La elemental justicia transicional que se le debe a nuestro país -2 de Octubre, 10 de Junio, feminicidio, Salvárcar, Creel, por sólo referir algunos motivos- no puede pasar hoy y de inmediato al Memorial de las Víctimas. Ese memorial, cuando llegue, es porque el país ya se reconcilió consigo mismo, ya concluyó con una paz digna, con la indagatoria de quiénes fueron las víctimas reales para que sus nombres pasen a la posteridad –hoy los hay evidentes, pero son unos cuantos-, cuando haya un gobierno legítimo con el cual se pacte una armisticio civil que permita la reconstrucción de la República en muchos aspectos, pero en particular los que hoy se refieren a ponerle fin a la militarización y a la guerra, al blanqueo de dinero que se hace a ciencia y paciencia de los gobiernos de Estados Unidos y México, y al tráfico de armas sin el cual no se explica la existencia de esta guerra. Es una obviedad decir que se requiere, para el logro de estos fines, la definición y posterior ejecución de una activa política internacional desde el lado mexicano que este gobierno no puede satisfacer. En fin, el momento no fue el más oportuno y lo aprovechó Calderón para justificarse, para mostrarse abierto aunque en esencia está cerrado en sus estrategias y hasta golpea la mesa para subrayarlo.

 

Otro tema tiene relación con el trasunto religioso del evento. Sé que la inmensa mayoría de las víctimas son creyentes de diversas denominaciones y no dudo que un profundo sentido religioso anime la posibilidad de reconfortarse en el consuelo de sus propias convicciones, aún en aquellos casos en que se vea a los caídos como dura prueba que manda Dios a sus hijos. Todo esto está en presencia y sería un despropósito tratar de pasarlo por alto. Pero entregar escapularios, rosarios y revestir el evento de un mensaje religioso, no está bien en perspectiva, y digo en perspectiva porque no es un hecho aislado. Monsiváis habría recordado la necesidad de darle cuerpo a nuestra vieja herencia juarista.

Me detengo en el tema del perdón y sé que para muchos que postulan la justicia transicional encuentran en este recurso una vía regia para concluir una etapa negra e iniciar otra que sólo se entiende como bajar la cortina de una historia que jamás se debió realizar. En esto ya hay mucho escrito y no me detendré en ejemplos.

 

Pero si hay algo nefasto en nuestra tradición cultural y política -la que viene del México prehispánico y sobre todo de la Colonia- es la simulación y la traición a la palabra empeñada de que han hecho gala los gobernantes. Hoy hechos son amores y no buenas razones. Más allá de asumir o no la ética del perdón, la realidad es que es muy difícil convencerse de la sinceridad y autenticidad con la que la puede expresarlo un gobernante del tipo de Calderón. Ahora sí que vienen a tono el rosario de preguntas que formuló el Subcomandante Marcos a principios de 1994, dentro de las cuales escojo dos: “¿Quién tiene que pedir perdón y quién puede otorgarlo?”. Y es que no es tan fácil. Nadie puede, ni debe, absolver, suprimir o borrar las culpas. El perdón es una virtud de justicia y en ese sentido entraña renuncia a juzgar y castigar y eso no está para nuestro país en una simple petición de Calderón respondida por los deudos. Somos una República laica, pertenecemos como país a una Corte Penal Internacional que deben actuar, sin odio –es cierto- pero con toda la fuerza que nos permita en el futuro creer en el Derecho, así con mayúscula.

 

Quienes hemos vivido este movimiento antes y después de la aparición de Sicilia, sabemos que la lucha en favor de las víctimas y la asunción de toda la política que se puede desglosar a partir de los derechos humanos no está exenta de actitudes facciosas, oportunistas, excluyentes. Aquí en Chihuahua, por ejemplo, vimos como se impusieron las conexiones intercatólicas para apoderarse de la escena en la Caravana, en demérito de lo esencial que hubiera sido un concienzudo trabajo en Ciudad Juárez para llegar a consensos precisos, que catapultaran al movimiento y no que lo dividieran, como ha sido la tendencia que hoy se profundizará por el encuentro en el alcázar del Castillo de Chapultepec y sobre todo por sus resultados. Cuando escucho Comisión de Seguimiento, tres meses, no creo en nada.

 

Hay quienes sostienen que una parte del presidencialismo se cayó ante lo inédito del encuentro y las mentadas de madre pronunciadas por Sicilia ante Calderón, creo que no se dan cuenta que el presidencialismo se cayó hace mucho tiempo y lo que tenemos ahora es un remedo que no hallamos como sustituir y que ese es el drama que sufrimos los mexicanos. Este puede ser un episodio en medio de esa descomposición, que muestra que se puede aparentar una civilidad, excluyendo a otros que se quedaron inexplicablemente en la calle y que tienen voz propia. Además en todo esto hay un reclamo de coherencia: ¿Cuáles son las palabras que comprometen? ¿Hasta dónde se propicia el circo del que habla Julián Lebarón?

 

En este momento hay quienes se llaman traicionados, otros decepcionados, otros que la han visto como una estupenda maniobra. Con la complejidad que tiene la política actualmente en nuestro país, esto debemos verlo como un episodio de una película que está corriendo y cuyo final no sabemos. Si los que siguen a Sicilia piensan que su movimiento se reduce a las víctimas y así quieren desarrollarlo, están en su derecho a condición de que reconozcan que a un movimiento de esta magnitud no nada más se puede entrar con el registro de una baja en la credencial. Cualquier ciudadano tiene el derecho y no siempre se está dispuesto a reconocer esta verdad. Por eso, ni apoderarse de una víctima para representarla y ganarse un lugar en el movimiento, ni dramatizar un dolor para hacer política son actitudes que fecunden el bien de la República.

 

Hay un aspecto de la democracia que se involucra en el tema: la enajenación. Muchos líderes en el trayecto de las luchas que preconizan se separan de los propósitos iniciales y por esa vía llegan a la soledad. El pensador Benjamín Barber ha examinado este fenómeno de manera estupenda y nos recuerda cómo a menudo esta soledad ha sido apreciada como una aberración, una patología, una maldición, resaltando que para los griegos era a la vez una amenaza y un castigo, “un coste para el orgullo y un indudable desgaste para la vanidad”. Ojalá y no sea el caso de Sicilia y el equipo que lo cerca.

 

Cuando así sea y con todo el malestar que ello genere, de todas maneras hay que decir sin embargo y seguir adelante. Más que manotazos, es hora de demostrar el espacio de la inteligencia. Como diría Spinoza: “No llorar, no reír, sino comprender”.

 

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