Maduro usurpador PDF Imprimir E-mail
Opinión - Columnas
Escrito por Benito Abraham Orozco Andrade   
Martes, 15 de Octubre de 2019 17:49

Benito Abraham Orozco Andrade.

 

“Descanse en paz el distinguido chihuahuense Enrique Alberto Servín Herrera”

 

Múltiples enconos se generan no sólo entre países, sino también entre personas con sus amistades, familiares, compañeros de trabajo, etc., por diversos temas internacionales (y de otra naturaleza) en los cuales se adoptan posturas no necesariamente en base al conocimiento y a la reflexión, sino en la información que recibimos de fuentes que en gran parte son de una dudosa confiabilidad.

 

Asumimos como cierta la información anónima que nos llega por las redes sociales (o con autoría, pero con un evidente sesgo a favor o en contra de alguien). Nos es más cómodo darla como cierta a realizar las indagaciones a que haya lugar, replicándolo -¿irresponsablemente?- entre nuestros contactos en tales redes.

 

Lo anterior, viene al caso en virtud de las declaraciones que hizo el presidente electo de Guatemala, Alejandro Giammattei, con motivo de la negativa del gobierno de Nicolás Maduro para que ingresara a territorio venezolano, señalando que su inadmisión se debió a que viajaba también con un pasaporte italiano –según dice que así se lo argumentaron las autoridades venezolanas, entre otras cosas-, pues dice tener una doble nacionalidad. No faltó quien reprochara tal suceso.

 

A simple vista, pudiéramos visualizar el hecho no nada más como una descortesía diplomática (como cuando en 2013 se le impidió a Evo Morales ingresar a espacio aéreo francés y portugués, o hace unos días cuando se le negó el ingreso a EE.UU al ministro de Salud de Cuba, para asistir a una reunión de la Organización Panamericana de la Salud), sino como una muestra más de las imposiciones de ese “perverso” régimen venezolano.

 

Sin embargo, si se considera que el mandatario electo de Guatemala acudiría en su visita a Venezuela a reunirse con Juan Guaidó para invitarlo a su toma de posesión, a quien considera como el presidente legítimo del país sudamericano, y que califica a Nicolás Maduro como “usurpador”, entonces obligadamente el suceso adquiere otra connotación.

 

Independientemente de la legitimidad o no que se le quiera atribuir a la presidencia de Maduro, la realidad es que quien gobierna es él y no Guaidó. En tales condiciones, es más que entendible que quien ostenta la representación real y efectiva de una nación (la que sea), por ningún motivo permitirá que su investidura corra el riesgo de verse debilitada, máxime si quien trata de hacerlo es quien hace unos meses pretendió sin éxito un golpe de Estado en Venezuela.

 

Ahora bien, en cuanto al señalamiento que se hace de “legítimo” a Juan Guaidó como presidente de Venezuela, es menester hacer memoria de que él se “autoproclamó” como tal, y no es producto de una elección popular. Estén o no dadas las condiciones en Venezuela para que haya elecciones libres, no es posible que si a alguien se le ocurre pretender determinado cargo, así sea por su propia voluntad o la de unos cuantos. Esto discrepa precisamente de lo que Guaidó y quienes lo apoyan dicen buscar, que se supone es la democracia.

 

No faltaron los países encabezados por EE.UU que de inmediato aprovecharon la ocurrencia de Guaidó, impulsando -¿u ordenando?- en la Organización de Estados Americanos (OEA) y en otros organismos internacionales, el reconocimiento y la inclusión de su “gobierno”. No obstante, no han sido pocos los países de varias partes del mundo que, en contraposición por el reconocimiento citado, han dado su respaldo al gobierno de Nicolás Maduro. Una lamentable polarización internacional.

 

Lo aberrante de lo que se ha planteado, es que extraterritorialmente se pretenda imponer en Venezuela a como dé lugar y como se ha venido haciendo en otros países, un supuesto sistema democrático que, según la experiencia de otras latitudes, dicho intervencionismo deviene en gobiernos títeres de los EE.UU para el saqueo de recursos naturales y el sometimiento de sus pueblos. Una evidente incongruencia.

 

Si evitáramos aceptar a ciegas la información que recibimos por diferentes medios, y nos propusiéramos indagar sobre su veracidad, seguramente nos cambiaría la percepción que tenemos sobre determinados temas, ya sea fortaleciéndola o desvirtuándola, según sea el caso.

 

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