La cantina, donde la palabra se humedece PDF Imprimir E-mail
Opinión - Columnas
Escrito por Fray Fernando   
Lunes, 10 de Agosto de 2020 15:56

Fray Fernando.

 

Desde hace miles de años los griegos desde su filosofía estoica señalaron que aprender a reírse de uno mismo es el camino más sencillo hacia la paz interior. Esta virtud no es fácil ni aparece por decreto humano o divino. Para lograrlo es necesario haber alcanzado un elevado grado de autoaceptación y enfrentar inteligentemente el juicio colectivo que la mayoría de las veces es lapidario.

 

Un ejemplo concreto de quien alcanzó tal nivel es un amigo que tuvo un desafortunado accidente en su trabajo con resultado funesto: perdió una pierna. Después de casi medio año de hospital en medio de terribles dolores e inquietud acerca de su futuro, salió del nosocomio con mucho ánimo y ganas de salir adelante si bien no completo, pero si con una pierna a manera de prótesis sofisticada que le devolvió algo de su movilidad e independencia. El artefacto se hizo a medida, almohadillado y hueco.

 

Mi amigo siguió trabajando y se reincorporó a la cantina del barrio en donde se le respetó su nueva situación e incluso se celebró que entablara un prometedor noviazgo con una guapa señora que vendía un delicioso menudo y aquí es donde emergió la virtud de manifestar risa sobre sí mismo de nuestro personaje.

 

En la cantina que no es espacio que cultive la discreción se comentaba que la pareja ya hacía vida en común y entre desearles parabienes y larga dicha también se especulaba como sería su vida íntima y desde este gran problema de investigación se daban los más inverosímiles supuestos y apuestas. El afectado pronto se dio cuenta de que era motivo de tales alegatos y una tarde llegó al bar, pidió su tequila de rigor y esperó a que el cotarro estuviera completo para aclarar dudas.

 

-Apa, muchachos, con que les interesa mi vida íntima ¿Verdad? -En coro contestaron: “Para nada, nosotros no nos metemos en vidas ajenas, respetamos”. Esperaban una respuesta airada en donde sus madres seguramente se verían inmiscuidas. Esta fue la contestación:

-Miren, ustedes no están para saberlo ni yo para contárselos, pero mi pareja y yo somos felices y hemos encontrado claves para perpetuar nuestra relación.

-¡Cómo fregados! -Reclamó uno de los chismosos de la cantina

- Muy fácil-respondió el interpelado- Miren, cuando se trata de intimar le digo a mi pareja cómo quieres ahora mi reina ¿Con pata o sin pata?

 

Seguramente la versatilidad y la creatividad les dieron muchas satisfacciones, pero más que eso, en esta anécdota y muchas más encontré una de las pocas personas que en la vida aprendieron a reírse de sí mismos.