La Cantina, donde la palabra se humedece PDF Imprimir E-mail
Opinión - Columnas
Escrito por Fray Fernando   
Miércoles, 30 de Septiembre de 2020 15:45

Fray Fernando.

 

Jaime Francisco Márquez Burrola

 

Jaime Francisco es integrante de un grupo de ferrocarrileros jubilados en el que se cumple la premisa de reunirse “sin rencores ni resentimientos para gozar de la poca vida”. Hasta antes del inicio de la pandemia frecuentemente se le veía en compañía de sus compañeros rieleros en la plaza “Jesús García” de la colonia Industrial, espacio en el que ante sus problemas y dificultades podía hablar en voz alta frente a un conjunto de verdaderos amigos.

 

A Jaime Francisco, como a todos, le llegó la crisis sanitaria acompañada de un problema de salud personal que enfrenta con valor y decisión porque es un hombre de combate, y no se doblega fácilmente frente a las adversidades.

 

En la plaza, ahora que tímidamente los viejos ferrocarrileros vuelven a reunirse, están muy pendientes de su amigo y le visitan con frecuencia. Platican emocionados de su vida; recuerdan que nació y creció en el barrio del Santo Niño en la ciudad de Chihuahua, así como a sus padres:  señora Guadalupe Gurrola Domínguez, y el señor Enrique Márquez Talavera, también ferrocarrilero.  

 

De todos sus hermanos, fue el único que decidió seguir los pasos de su padre e ingresó a las filas de Ferrocarriles Nacionales de México, dedicándose incluso a la misma especialidad que ejerció su progenitor: la mecánica, en la Casa Redonda de los Nacionales de México.

 

Los comentarios van y vienen y alguien asegura que Jaime Francisco al llegar a la edad de 19 años, comenzó su labor en el turno matutino como auxiliar y limpiador de máquinas de diésel y fue subiendo de puesto hasta ser mecánico especial. “Para llegar hasta esta responsabilidad influyeron mucho las enseñanzas de su padre”- sostiene otro jubilado-, no obstante que este se desempeñó en el arreglo de máquinas de vapor. A Francisco le tocaron de diésel, en las que era necesario poner toda su capacidad porque era un trabajo de mucha presión.

 

Oscar, quien también trabajó en la Casa Redonda señala que tanto a él como a Jaime Francisco les tocó presenciar algunos accidentes de trabajo. Los más ocurrían entre los limpiadores porque eran una especie de malabaristas y continuamente cambiaban de posición para colocar la arena en las máquinas, lo cual ocasionaba resbalones y golpes. Incluso, el padre de Jaime Francisco sufrió un accidente de trabajo que lo dejó con unas falanges amputadas.

 

Jaime Francisco vivió aventuras, aprendizajes y crecimiento que abruptamente cesaron. El, igual que sus compañeros jubilados, recuerda con nostalgia esos días, y ve el ahora Museo Casa Redonda como el lugar de trabajo no solo de ellos, sino de sus padres y sus abuelos. Lamenta que sus hijos no continúan en la tradición ferrocarrilera.

 

Frente al dolor por el que pasa su amigo, los viejos rieleros manifiestan una gran solidaridad. Se conduelen de sus problemas como si fueran propios desde una realidad: el infortunio pone a prueba a los amigos y descubre a los enemigos.

 

Jaime Francisco sabe con alegría que sus amigos de la plaza Jesús García en muchas tardes de convivencia multiplicaron los goces y ahora dividen sus penas en franco apoyo a su amigo valiente y luchador.

 

¡¡Pronta recuperación para José Francisco Márquez Burrolla!!