La Cantina, donde la palabra se humedece PDF Imprimir E-mail
Opinión - Columnas
Escrito por Fray Fernando   
Sábado, 17 de Octubre de 2020 09:40

Fray Fernando.

 

Fuera Yankees del Vietnam

 

-Ya solo falta avisar a José Luis- dijo uno de los integrantes del grupo de estudiantes que se esforzaban para aumentar el número de participantes que por la tarde saldrían a protestar en contra de muchas situaciones, pero especialmente para exigir la salida de los Yankees del Vietnam.

 

Corría el año de 1964 y los entusiastas muchachos llegaron a la casa de José Luis. Le encontraron en la sala de su casa en compañía de su madre quien escucho de frente la invitación para acudir a la marcha y manifestación estudiantil.

 

-El no va a ir- sentenció la progenitora-. Luego dirigiéndose a su vástago con energía le dijo: -Por eso no quería que entraras a la Normal, ahí solo les enseñan comunismo y otras cochinadas, y ustedes-, dirigiéndose a los convocantes- bien harían en dedicarse a cosas útiles y no andar por ahí gritando cosas que ofenden a las familias y a Dios.

 

A los jóvenes no les quedó otra cosa que despedirse amablemente para luego comentar: - Ni modo, a éste le falta carácter y conciencia revolucionaria-

 

Por la tarde unas dos centenas de estudiantes se organizaban frente al edificio de la Normal: terminaban pancartas, se distribuían botellitas de vinagre para protegerse de los posibles gases lacrimógenos; clavaban mantas en tiras de madera con diversas consignas en medio de una gran camaradería y fervor revolucionario.

 

A las seis de la tarde partió la marcha por la avenida Universidad en dirección a palacio estatal. Las voces rebeldes coreaban protestas en contra del general Práxedis Giner Durán, gobernador del estado, quien amenazaba con cerrar el internado de la Escuela de Artes y Oficios, la clausura de las normales nocturnas además de cometer violentas represiones contra campesinos y estudiantes. Se llegó a la estatua de Francisco Villa, la que saludaron con respeto y luego pasaron frente a el edificio de El Heraldo lanzando trompetillas y denuncias.

 

Al llegar frente al IMSS a unos cuantos pasos del monumento del “Siervo de la Nación” el insigne José María Morelos y Pavón, los líderes detuvieron la marcha por minutos advirtiendo: - compañeros, debemos tener cuidado, nos avisan que hay un grupo de provocadores reaccionarios que tal vez nos agredan en la plaza; son los niños bien de siempre: acejotameros, sinarquistas, iturbidistas, y otras arañas. No venimos a golpear a nadie, pero estén listos-.

 

El aviso se recibió con atención y acicateó la enjundia revolucionaria de los participantes en medio de una agradable sorpresa: José Luis apareció para unirse a sus amigos. Nadie le cuestionó lo de su madre, simplemente le recibieron con agrado.

 

La manifestación continuó y los gritos de: “fuera Yankees del Vietnam” arreciaron en intensidad y número. La gente los veía pasar y algunos con mímica aprobaban la acción; otros, con el mismo lenguaje les recordaban a sus progenitoras que finalmente no tenían culpa del acto de rebeldía de sus hijos. Nada detuvo al contingente que marchó circundando la plaza Hidalgo y en especial arreció sus demandas frente a palacio de gobierno fuertemente custodiado por guardias rurales y policía municipal.

 

Casi a punto de recorrer la plaza apareció, -rumbo a donde se encuentra actualmente el Monte de Piedad-, un grupo numeroso de personas que al tener al alcance a los “revoltosos” les arrojaron rocas y trozos de metal al grito de: “Mueran los comunistas, viva la Virgen de Guadalupe”. Los agredidos, no sin sorpresa, intentaron responder pero de nuevo los líderes sacaron la casta y dijeron: -compañeros, no caigamos en provocaciones de traidores, sigamos- a la par de que colocaban una columna de estudiantes amados con garrotes para proteger al contingente.

 

Al hacer el recuento de daños el más grave fue un estudiante herido por el impacto de uno de los proyectiles de los guadalupanos. Se desmayó y de su cabeza brotaba abundante sangre por lo cual se le traslado a un cercano consultorio en donde recibió hasta 8 puntadas para cerrar la herida. El médico sentenció: -llévenlo a su casa y que repose, en dos días le traen para ver cómo evoluciona.

 

La orden médica cayó como balde de agua con hielo porque el caído era José Luis y entre sus compañeros privó la pregunta de quién le llevaría. Decidieron que sería el mismo grupo que por la mañana le hizo la invitación y a querer o no lo hicieron.

 

A pocos metros de la casa del herido alguno de ellos que seguramente se preparaba para las luchas cercanas dijo: -miren, me adelanto, toco fuerte, le sientan en esa silla y todos corremos. José Luis semi desmayado, con palabras claras les dijo: - pinchis comunistas, mi mamá tenía razón-.