Rezar el rosario: un refugio de FE PDF Imprimir E-mail
Opinión - Luis Villegas Montes
Escrito por Luis Villegas Montes   
Jueves, 19 de Noviembre de 2020 10:50

Luis Villegas Montes.

 

No, no vayan a creer mis queridos lectores que me voy a poner místico. Es sólo que la muerte de un ser querido nos transforma de muchos modos y, aunque sigo siendo este que he sido siempre, medio díscolo, medio cínico y poquito cabrón, resulta que me ha dado por rezar el rosario. 

 

Así es. Conste que para mí no es nada nuevo. Podría decir que llevo rezando el rosario toda mi vida y sería una verdad a medias porque sí, el rosario diario fue una realidad cotidiana en mi lejana infancia, al lado de mi abuela Esther que rezaba sus buenos tres rosarios al día. Ya después, tras el primer divorcio, la devoción se me fue al carajo y ahí en esas me quedé. 

 

Luego se murió mi mamá (conste que ya no te digo “Lola”, excepto por esta ocasión) y fui invitado por la familia a participar en el novenario; en esos días se murió la tía del esposo de una sobrina y pues también empezamos a rezar por ella. 

 

A los días, mi prima Gaby dijo que estaban las cosas muy feas en el Mundo y que porqué no nos seguíamos hasta el viernes siguiente; luego alguien, no sé si Martha, mi prima, o Patty, mi hermana, propuso que nos congregáramos los martes para rezarlo y con este moridero de gente yo que creo que, tristemente, esta es una tradición que llegó para quedarse. 

 

Huelga decir que yo tenía años sin rezarlo y que nunca lo había dirigido; como para algo bueno debe de servir el Internet, inmediatamente bajé cómo rezarlo y ya van dos veces que lo dirijo; con jaculatorias y todo. Dijo mi prima Rosita que lo rezo hermoso, yo la verdad no sé, pero lo rezo con devoción, eso sí. 

 

Antes de estos funestos días, para mí decirle a alguien, en cualquier circunstancia, que estaba en mis oraciones habría sido una hipocresía porque no, no tenía el hábito de orar. Y por eso jamás se lo dije a nadie. Ayer, al enterarme de la triste partida de una doctora, hija de don Rubén Aguilar y hermana de mi amigo Rubén, mandé el primer mensaje de texto en mi vida donde le decía, con el corazón en la mano, que ella estaría de aquí en delante en mis oraciones. Y así será. 

 

Hace meses, cuando me enteré de la grave enfermedad de una persona muy especial me quedé impotente; sin saber qué decir o qué hacer. Cuando empezó la pandemia, con mis hijos allá, lejos y sin la posibilidad de ir a verlos u ordenarles que se regresaran (¿para qué y a qué?), me quedé de brazos caídos; cuando Luis Abraham se enfermó —solo él y yo, bueno, y una media docena de personas sabemos de qué— me limité a llamarle por teléfono y preguntarle cómo estaba y en qué le podía ayudar. 

 

Hoy, me doy cuenta de que el rosario es un refugio. Alguien me preguntó, hace poco, para qué servía rezar el rosario. Yo le respondí que es una petición, un medio de pedir la intercesión de la Virgen María en multitud de asuntos, casi siempre en favor o beneficio de alguien; sin embargo, como lo dijo en algún momento el Papa Juan Pablo II: “El Rosario, en efecto, aunque se distingue por su carácter mariano, es una oración centrada en la cristología. En la sobriedad de sus partes, concentra en sí la profundidad de todo el mensaje evangélico, del cual es como un compendio”.[1]  

 

Por lo pronto, déjenme decirles que confío en que sí, espero que sí, sirvan de algo mis oraciones. De lo que sí estoy seguro, es que esos veinte o veinticinco minutos de cada martes me sirven a mí; y, más que nunca, me siento bendecido y un poco más cerca de los seres que quiero; empezando por los que están aquí, ahora, vivitos y coleando, y por los que están allá, con el Creador (o donde sea que estén, porque no crean, ha habido cada cabroncito en la familia…). 

 

Concluyo: si usted es de esos que, como yo, tenían un poquito empolvada su fe; renuévela, los tiempos que corren lo ameritan; total, si no le hace ningún bien a nadie, tampoco le hará ningún mal y, en una de esas, esos minutitos dedicados a la oración le sirven para descansar alma y cuerpo. 

 

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Luis Villegas Montes. 

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