La Cantina, donde la palabra se humedece Imprimir
Opinión - Columnas
Escrito por Fray Fernando   
Jueves, 24 de Septiembre de 2020 09:35

Fray Fernando.

 

Conversación y cantinas.

 

Quien desee que algo importante no trascienda, lo recomendable es que no lo confíe a alguien que acostumbre acudir a alguna cantina. Y no es que todos los parroquianos asistentes a bares sean chismosos, lo que sucede es que el ambiente de estos lugares de solaz y sano esparcimiento se prestan para comentar situaciones. “sacar la garra” y exhibir secretos que a lo mejor ni el más eficiente detective privado lograría.

 

“Las cantinas son un molino”; “ahí se muestra que los hombres son más murmuradores que las mujeres”, se afirma. Esto sería más bien objeto de estudio de un sesudo sociólogo o antropólogo, pero en calidad de mientras se puede aseverar que las cantinas son un verdadero conducto de comunicación social. Son auténticos receptáculos de la vida cotidiana porque en sus mesas y bancos se recrea el conjunto de actividades que realizamos en situaciones concretas para satisfacer nuestras necesidades y, en consecuencia, para seguir viviendo.

 

Quien lo hace tiene profesión y nombre; en las cantinas ingresan: abogados, ingenieros, profesores, químicos, albañiles, herreros, pintores, y un larguísimo etcétera. Así mismo, reúne a ricos, pobres, chaparros, gordos, flacos, discapacitados, mentirosos, embaucadores, inteligentes, mensos, ecuánimes, bravucones, guapos y en los últimos años a guapas.

 

¿Qué se platica en las cantinas? Los temas generales son casi siempre deportivos, sociales y políticos. Los particulares se orientan por muchos cauces: laborales, climáticos, económicos, pero sobre todo, empatan con la cotidianeidad del grupo que estila reunirse en tal o cual cantina de la ciudad. Ahí, se platica de triunfos y fracasos de los integrantes del cotarro; se habla de: las razones y causas de divorcios, matrimonios, compadrazgos, bautizos, graduaciones, despidos laborales, embarazos no deseados, defunciones, enfermedades, deudas no saldadas, abandonos, ingratitudes, conducta de los hijos, quejas y maldiciones para las esposas y se sostienen “verdades” en torno a cuestiones como la tacañez de algunos parroquianos.

 

La cantina es dura porque hay que aguantar la carrilla propia del lugar; es riesgosa porque se aplica la “pluma cuata” por aquello de que: “Cantinero que no roba y velador que no duerme en horas de trabajo, sería una falta de respeto a sí mismos”. Es desgastante por el gasto que merma la economía familiar al grito de “Sírvanme “lotra” aunque la familia sufra”. Y es peligrosa porque generalmente en muchas no se guardan elementales normas de higiene.

 

Con todo, existe un no deleznable acervo bibliográfico que alaba la existencia de estos lugares por aquello del psicólogo gratuito (el cantinero); la posibilidad de contar mentiras, de simular amistades, de presumir, de llorar y cantar acompañados de diversa oferta filarmónica.

 

En fin, Salud, aunque la pandemia haya dado un atorón al servicio cantineril.

 

PARA CURÁRSELA: Un buen libro es el estudio que aborda magistralmente a “La Catedral de Nuestra Señora de la Antigua Paz”. Se titula: “La Antigua Paz: una mirada a las cantinas de Chihuahua”, de Jesús Carrejo Gutiérrez y Alma Montemayor.