Entre la espada y la pared Imprimir
Opinión - Luis Javier Valero
Escrito por Luis Javier Valero Flores   
Domingo, 09 de Junio de 2019 12:03

 

Luis Javier Valero Flores.

 

Difícilmente podrán lanzarse a plenitud a vuelo las campanas por la suspensión de la amenaza -temporal- de la aplicación de aranceles a México por el gobierno norteamericano.

 

Los términos del acuerdo son extremadamente duros para México, para el gobierno de Andrés Manuel López Obrador y para los migrantes centroamericanos.

 

Además, las medidas aprobadas por ambos gobiernos abren, de par en par, las más inmediatas posibilidades de la comisión de numerosas violaciones a los derechos humanos ya que, entre otras de las medidas, se encuentra que a partir del lunes la Guardia Nacional realizará tareas de control de los migrantes, no sólo en la frontera sur del país, sino en todo el territorio nacional.

 

En la práctica, la parte mexicana aceptó todas, o casi todas, las exigencias de Donald Trump, quien, así, de un plumazo, echó abajo los trabajos de las delegaciones de Canadá, EU y México que durante meses estuvieron negociando los términos del nuevo acuerdo comercial de Norteamérica.

 

Dura, muy dura experiencia para el gobierno de la 4T. O aceptaba las exigencias de Trump o se mantenía en la línea en la que se había sostenido los meses anteriores, en la defensa de los derechos humanos de los migrantes, sin aceptar el papel de guardián fronterizo de los EU, y nos enfrentaríamos a las severas consecuencias de la imposición de los aranceles.

 

Se puede festejar la suspensión de los castigos arancelarios, casi del mismo modo que lo hacen los sentenciados a la pena de muerte, cuando obtienen una suspensión temporal a la aplicación de la pena.

Tal conclusión se puede deducir, si se analizan fríamente las condiciones impuestas en los acerados alcanzados el viernes en horas de la tarde, la principal de ellas, consistente en que México se obliga al despliegue de la Guardia Nacional en la frontera sur y que quienes pidan asilo en EU, obviamente, en cuanto crucen la frontera y sean detenidos por las autoridades norteamericanas, México se comprometió a aceptarlos “sin demora” y albergarlos, hasta en tanto EU resuelve su situación.

 

Es decir, el estatus de “Tercer país seguro”: ”… México por razones humanitarias y en cumplimiento de sus obligaciones internacionales autorizará la entrada de dichas personas mientras esperan la resolución de sus solicitudes de asilo”, dijo Ebrard. (Nota de Reforma, 07 Junio 2019).

 

Y al comprometerse a aceptarlos, acepta que “ofrecerá oportunidades laborales y acceso a la salud y educación a los migrantes y sus familias mientras permanezcan en territorio nacional, así como protección a sus derechos humanos”.

 

Además, “México incrementará significativamente su aplicación de la ley mexicana a fin de reducir la inmigración irregular incluyendo el despliegue de la Guardia Nacional en todo el territorio nacional dando prioridad a la frontera sur”. (Ibídem).

 

Este aspecto, de manera implícita, le concede la razón a las severas acusaciones de Trump en el sentido de que México no estaba haciendo lo suficiente para contener la oleada migrante, cosa que en los últimos cambió radicalmente pues las fuerzas policiacas y militares mexicanas desplegaron sendos operativos en distintos puntos del sur del país para detener las caravanas de migrantes, acción criticada desde los primeros momentos por la Comisión Nacional de los Derechos Humanos.

 

Y algo bueno debería obtenerse, así sea solo declarativamente, cuando los dos países confirmaron el objetivo de “fomentar el desarrollo económico en el sur de México y en Centroamérica para crear una zona de prosperidad”.

 

No puede haber duda, Trump obtuvo de México lo que quería desde un principio, en materia de inmigración, que nuestro país endureciera su postura en ese aspecto, que los mexicanos actuaran como una primera barrera frente al fenómeno migratorio centroamericano, sin comprometerse a invertir un solo dólar en el cambio de las condiciones económicas de los principales países productores de migrantes.

 

Sin duda que el momento por el que pasa el país, a consecuencia de las amenazas del presidente norteamericano, posterga, o atenúa el resto de los graves asuntos que debieran abordarse, tanto del entorno local, como del nacional.

 

El presidente Trump no ha fallado, tenía en el centro de su atención el lanzamiento de una feroz ofensiva en contra del principal socio comercial de los EU: México.

 

Lector riguroso del acontecer mundial y de las nuevas tendencias de la economía mundial, de la geopolítica, y de los verdaderos alcances del uso de otras tácticas más agresivas, lanzó contra México, una y otra vez, con distintos enfoques comerciales y políticos, la ofensiva que más podía vulnerar a nuestro país, la economía.

 

Con toda seguridad nunca pensó, como al contrario sí ha declarado hacer con Venezuela, lanzar una ofensiva militar; de nada le valdría, los fenómenos de los que se queja no se resuelven con un conflicto armado; quiere, eso sí, que se realicen el mayor número de acciones punitivas a fin de poner un alto a la inmigración que sufre, no sólo del continente americano, sino, también, de África y Asia.

 

Como la mayoría de los presidentes norteamericanos, es incapaz de comprender que ellos son la causa principal de la elevada migración de los países subordinados o dependientes hacia las metrópolis financieras y que la explotación inmisericorde, irracional, efectuada durante siglos sobre estos países, tarde o temprano se revertiría.

 

Se trata del mismo fenómeno mediante el cual inmensas muchedumbres de africanos y asiáticos están asaltando a la vieja Europa. Los antiguos esclavos y subordinados de los países hegemónicos se lanzan a través de los desiertos, de las montañas, de los mares, en medio de un increíble sufrimiento, a invadir a los antiguos y modernos países del mundo desarrollado.

 

Ahora, Trump, al lanzar la amenaza de imponer nuevos aranceles confirma aquel aserto, momentáneamente suspendidos, pues si existe una certidumbre con Trump, es la de que no hay cosa cierta con él.

 

Así, al culminar el presente episodio de la constante agresión en contra de México, Trump no ha hecho más que escalar un peldaño más en la estrategia que se planteó desde los tiempos de las elecciones primarias de Estados Unidos.

 

Lo puede hacer merced al poderío económico de su país y la extrema supeditación de la economía nacional a los EU, que se caracteriza por patrones casi radicalmente distintos a los de casi todo el siglo pasado, pues ahora la globalidad, la interrelación existente en las economías nos hacen extremadamente interdependientes, de modo distinto, pero real, entre el país dependiente y la metrópoli imperial, debido a que los factores que pudieran dañar a las economías subordinadas, incidirán de manera directa en las capitales económicas del imperio; por supuesto, no con la misma intensidad.

 

El presidente estadounidense, sabedor de lo anterior le apuesta a convertir a la economía de los EU en una mucho más proteccionista de lo que ya lo es, convencido que por esa ruta su país puede crecer a un ritmo mayor que el precedente, cosa en la que pareciera tener cierta razón pues EU registró una aceleración notable en su crecimiento económico, de una tasa de 2.3% en el 2017, a una muy cercana a 3.0% en el 2018 (2.9).

 

Esta tasa de crecimiento es la más alta desde el 2005 y superior al promedio de 2.15% observado entre el 2010 y el 2017.

 

Vistas así las cosas, poner en vigor la visión de López Obrador acerca del modo de afrontar el fenómeno migratorio, colocando el acento en el desarrollo socioeconómico en Centroamérica y el sur del país, tardará, pues es un asunto que a Trump no le interesa.

 

Hoy este ganó, pero ¿Podrán detener la oleada migratoria si la desigualdad social y la violencia no cesan?

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