El primer grito del presidente López Obrador Imprimir
Opinión - Aída María Holguín Baeza
Escrito por Aída María Holguín Baeza   
Martes, 17 de Septiembre de 2019 05:09

Aída María Holguín Baeza.


Con las arengas (‘vivas’) expresadas por el presidente Andrés Manuel López Obrador, la primera ceremonia del Grito de Independencia que encabezó el pasado domingo se constituyó como un hecho histórico en -básicamente- dos sentidos: cuantitativo y cualitativo.


Cuantitativamente porque, con las 20 arengas pronunciadas efusivamente -y sin tropiezos- por el presidente López Obrador, el Grito de este año se convirtió en el más largo de la historia. Y cualitativamente (solo relativamente), porque en las ‘vivas’ añadió a más protagonistas de la historia de México y algunos aspectos fundamentales para el buen funcionamiento del país.

Lo relativo del sentido cualitativo de las arengas lanzadas por el presidente de la República, radica en que no sólo de ‘¡vivas!’ vive el hombre (o sea, no los ciudadanos ni la sociedad). Es decir, lo verdaderamente trascendental no está en el decir (o gritar), sino en el hacer. Hacer que las cosas y la situación de México se transformen verdaderamente para, con ello, lograr el bien común y la justicia social tan añorada.

Y es que aun y cuando es verdad que el presidente López Obrador ahora sí se comportó a la altura (a ver cuánto nos dura el gusto), no basta con que grite y pida ‘¡vivas!’ para los héroes que nos dieron patria y libertad, si la patria y la libertades se ponen en riesgo con políticas públicas improvisadas, confusas y erráticas.

Tampoco es suficiente con incluir ‘¡vivas!’ para las madres y los padres de nuestra patria, para los héroes anónimos, para el heroico pueblo de México, para las comunidades indígenas o para la grandeza cultural de México, si el pueblo, las comunidades y la grandeza de México se usan a conveniencia del jefe del Ejecutivo.

Ahora que si se piensa que con gritar y solicitar ‘¡vivas!’ para la justicia, la democracia y la soberanía basta para evitar las injusticias, la dictadura y la sumisión (sobre todo ante EE.UU.), lo cierto es que no. Hace falta mucho más que eso para que la justicia, la democracia y nuestra soberanía nacional se preserven, se robustezcan y vivan plena y eternamente.

Que ¡viva la fraternidad universal! y que ¡viva la paz!... Claro, ¡qué vivan! Pero para que puedan vivir es indispensable que el presidente López Obrador deje -de una vez por todas- a un lado los discursos de odio que suele dirigir y fomentar con el fin de dividir y confrontar a los mexicanos.

En esta ocasión, finalizo citando lo dicho alguna vez por el abogado, politólogo, profesor y escritor irlandés, John Holloway: «El grito que no apunta al hacer, el que se vuelve sobre sí mismo, que permanece como grito eterno de desesperación o, lo que es mucho más común, como un gruñido cínico sin fin, es un grito que se traiciona a sí mismo».


Aída María Holguín Baeza
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